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En las llamas de la poesía

Admito inmediatamente que el título de este post es ridículo aquí y en las antípodas (ustedes ponen el aquí y su respectiva antípoda), pero es el que mejor le viene a una anécdota banal que les quiero contar brevemente.
Hace unos días estuve en un café del centro de Burdeos con unos amigos. En realidad, el café se encuentra dentro de una antigua iglesia que ahora funciona como un multicine. Sin lugar a equivocarme puedo afirmar que pasan películas excelentes, con unos ciclos que rara vez se pueden ver en salas de otros países, y que organizan debates muy estimulantes. No es extraño entonces que el café de este cine tenga un aire bastante intelectual -así existan corrientes anti-intelectuales en el mundo-. Asistí al café porque, entre otras cosas, un grupo de amigos me anunció que también vendría un poeta de Québec, de paso por esta ciudad. Nadie lo conocía de nada; apareció invitado por una amiga de este poeta que afirmaba, y confirmaba, su calidad poética. A poco de saludarnos, nos repartió a todos su tarjeta de presentación, además de unos separadores de páginas con poemas suyos impresos. A mis amigos, más que las tarjetas, les divertía su acento. No hay nada más que divierta a un francés que el acento de los canadienses. Luego el poeta saco unos cuantos ejemplares de lo al parecer era su antología general: lo anunció así. Dijo que había llegado el momento luego de publicar tantos libros de poemas desde la década del setenta. Le eché una mirada a su libro, leí algunos poemas y me pregunté si era mi nivel de francés o sus poemas eran realmente malos. Primer indicio de lo segundo, además de mi lectura: él era dueño de la editorial. Segundo indicio: dijo que en su país existen mafias, que sólo se invitan y se antologan entre ellos –eso ya lo había escuchado antes (y en español). Tercer indicio: precisó que había encomendado a sus estudiantes extranjeros que tradujeran su poesía. Cuarto indicio, y definitivo, (que verán que no tiene necesaria correlación, pero lo mismo me da): en la solapa del libro aparecía la lista de todos sus libros publicados anteriormente y, junto a cada título, la palabra agotado. Uno de mis amigos le dijo:
-Usted es todo un éxito en su país. Ha agotado todos sus libros.
A lo que el poeta de Québec respondió:
- Casi. Lo que sucede es que yo guardaba todos los ejemplares en mi casa y ésta se incendio. Todos mis libros se quemaron.
Dicho esto nadie le volvió a dirigir la palabra. Me dio cierta vergüenza y algo le pregunté sobre sus lecturas. Como respuesta que me dijo que él era un poeta maldito. La vergüenza se me fue y tampoco le volví a hablar.

Comentarios

Me he divertido mucho con el post. Muy buena anécdota.
Un abrazo.
Hola Ricardo:

a ver si algún día nos vemos en Barcelona.

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