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La mano

Quisiera escribir en este blog más a menudo, pero no me quiero dejar llevar por los apuros y exigencias que imponen estas nuevas tecnologías. Por eso escribo cuando realmente me vienen muchas ganas de hacerlo. Como ahora, a pesar de lo que me ha sucedido; o, lo digo de una vez, a causa de lo que me ha sucedido.
Esta mañana, movido por unas ansias enormes trasladé de un punto a otro unas cajas pesadas, llenas de libros nuevos, que habían llegado a la biblioteca en la que trabajo. Entre muchas novedades, habían llegado los libros del argentino Sergio Chejfec. El entusiasmo, sin embargo, se difuminó cuando me fueron ganando unas intensas punzadas en la muñeca de la mano derecha. Dejé los libros de lado, observando como mi mano poco a poco iba alcanzando otras dimensiones. Accidente de trabajo, me dije, y me fui directo al servicio médico. En efecto, la doctora no hizo más que confirmar que se trataba de un esguince. Una férula por quince días y será historia pasada, es lo que me dijo. Luego agregó que por hoy tenía descanso médico. Genial, pensé, así podré ir a casa con los libros de Chejfec y leerlos con calma. Pero no. Estoy en Francia. Tuve que ir al servicio de personal a recoger cuatro formularios ha completarlos antes de las veinticuatro horas luego del accidente. Después a la farmacia por la férula, y llenar otro formulario, ya que tengo la suerte de que el trabajo cubra los gastos. Tras esto tuve que ir al seguro para dejar uno de los formularios. Volver al servicio médico con una atestación y recibir no sé cuántos sellos. Por último regresar al despacho de servicio de personal y terminar con las últimas firmas, que llegaron a quince este día, y todas con la mano derecha. Claro, no leí nada y ahora tengo la mano como una coliflor.
Pero me da la gana de escribir. Así sea con un dedo.

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