Ir al contenido principal

Tiempos idos

Regularmente doy vueltas por los estantes de la biblioteca para descubrir algunos libros nuevos, echar una mirada a los que no les hice caso antes, reencontrarme con los autores que siempre me han fascinado. Acabo de dar una de esas vueltas y lo que me encontré me ha sorprendido. Leí la contraportada de una novela peruana en una edición española y, sin ningún asomo de arrepentimiento, puede afirmar que no leeré más. Espero que me den la razón luego de mostrarles unas líneas de la presentación de la novela. Si no me dan la razón, pues creo que seriamente debo replantearme muchas cosas. Lean :

« A finales de los años cincuenta Hilda, una joven de origen humilde, entra a trabajar como sirvienta en la casa del hacendado Ignacio Cáceres en Arequipa. Al poco tiempo es seducida por su patrón, que aprovecha hábilmente su ingenuidad ante el poder y el dinero. Olivia, la hija de Cáceres, está convencida de que el mundo le pertenece por derecho propio, pero sale perdiendo al tratar de imponer sus caprichos a Sonia Olavarría, según ella su mejor amiga del colegio, a quien usa y humilla sutilmente. »

Estoy seguro que alguno habrá pensado que se trata de un pastiche, de novela que se apropia de otros géneros, de otros códigos, de la influencia de los culebrones en la nueva novela. Otros dirán que es una novela de comienzos del siglo XX. Pues no, es del 2004 y la autora parece estar convencida de su historia. ¿Se puede escribir todavía sobre esos temas y de esa manera? A veces creo que hay lectores, y escritores, que se quedaron detenidos en el tiempo, que el mundo de su adolescencia (que sin duda la adolecieron), las lecturas de sus primeros años, los marcaron de tal modo que se resisten a aceptar que ha habido cambios. ¿Quién dijo que el mundo va demasiado rápido? Si es así, hay gente que no se ha enterado y sigue a la espera de su carruaje

Comentarios

Entradas más populares de este blog

La cabeza de San Nicasio

Hace un par de horas que desistí continuar con el paseo por el centro de la ciudad de Reims. Si bien el frío no era extremo -estábamos sobre 5 grados-, al cabo de un momento de andar por las calles me empezó un fuerte dolor de oídos. Por fortuna se trata de una ciudad pequeña y el recorrido lo hice relativamente rápido, a pesar incluso de detenerme a contemplar un viejísimo tiovivo veneciano que persistía en dar giros aunque no hubiera un solo niño sobre sus animales rodeados en un escenario de cartón piedra. Tratando de huir del viento helado volví a entrar en la Catedral. La había visitado la noche anterior con unos amigos, pero esta vez creí que sería el mejor lugar para recalentar mis oídos. Por supuesto, también quería volver a ver las esculturas de San Nicasio. Este mártir cristiano había sido decapitado por los bárbaros. La leyenda dice que se desplazó con su cabeza entre las manos para ir al lugar donde yacería su cuerpo. De esta manera este San N...

La mano

Quisiera escribir en este blog más a menudo, pero no me quiero dejar llevar por los apuros y exigencias que imponen estas nuevas tecnologías. Por eso escribo cuando realmente me vienen muchas ganas de hacerlo. Como ahora, a pesar de lo que me ha sucedido; o, lo digo de una vez, a causa de lo que me ha sucedido. Esta mañana, movido por unas ansias enormes trasladé de un punto a otro unas cajas pesadas, llenas de libros nuevos, que habían llegado a la biblioteca en la que trabajo. Entre muchas novedades, habían llegado los libros del argentino Sergio Chejfec. El entusiasmo, sin embargo, se difuminó cuando me fueron ganando unas intensas punzadas en la muñeca de la mano derecha. Dejé los libros de lado, observando como mi mano poco a poco iba alcanzando otras dimensiones. Accidente de trabajo, me dije, y me fui directo al servicio médico. En efecto, la doctora no hizo más que confirmar que se trataba de un esguince. Una férula por quince días y será historia pasada, es lo que me dijo. Lu...

¿Quién es más grande que Monterroso?

En un terrible afán, propio de estos tiempos, muchos escritores de microficción se suman a la competencia (no a la de ser competentes , sino más próximos a los caballos en los hipódromos). El objetivo: quién escribe el microrrelato más corto (se entiende que ingenioso, bueno, perfecto, la suma y resta de todos los escritos anteriormente). Competencia y meta absurdas, sin lugar a dudas. Debería de quedarnos bien en claro que nadie puede ser más pequeño que el dinosaurio ni más grande que Monterroso.