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Email desde Burdeos

Los de la revista Quimera, en Barcelona, tuvieron la gentileza de invitarme a participar de una sección llamada Email desde XX. Pues bien, para el número del mes septiembre les envíe el siguiente texto:



Mi refugio es aquél

Madame Laforet me dijo que uno de sus primeros recuerdos de la guerra, la Gran Guerra, la segunda, para que no cupiera dudas, ya que ella había nacido sólo poco después de la primera guerra, era el de un bombardeo a Burdeos a cargo de los aliados. No mucho antes la ciudad había sido nombrada la nueva capital de Francia –en la que duró dos semanas-, albergado al general De Gaulle y algunos de sus ministros y luego el escenario de la huida de todos ellos ante la inminente ocupación alemana. Aquel día, aletardos por los altavoces, prácticamente toda la ciudad se refugió en los bosques que rodeaban la ciudad. Fueron pocos los que se sentían seguros en los refugios de Allée de Tourny, en pleno centro y a escasas calles de la nueva administración nazi. La imagen que ella recuperaba de sí era la de una jovencita asustada. Hubiera querido decir « muy » asustada, pero no fue así. Si bien tenía la edad más que suficiente para darse cuenta de lo que sucedía, se sentía protegida junto a su familia, caminando rápidamente, sin correr. De pronto se descubre al pie de una laguna. Muchas familias estaban ya apostadas a las orillas. Todos permanecían en silencio, mirándose las caras, reconociéndose, oyendo sobrevolar a los aviones, las explosiones que podrían ya haber destruido sus casas. Sólo querían que todo pase de una vez; sin embargo un débil silbido comenzó a hacerse cada vez más evidente. Nadie se atrevió a alzar la mirada, nadie quería saber lo que caía del cielo. Pero cayó. Una bomba cayó en medio de la laguna. Todos cerraron los ojos, apretaron los dientes, cerraron los puños, se inclinaron ligeramente hacia atrás o simplemente no movieron un músculo. Esperaron la detonación.
Aquella tarde, en el Ateneo de Burdeos, en medio de lo que alguna vez fueron escombros, le pedí a mis otros estudiantes de español que me narrarán alguna historia de esos años de la ocupación. Si bien Madame Laforet era la mayor del grupo, los demás también tendrían recuerdos de aquella época. El más joven superaba los setenta años. A pesar de mi insistencia, los demás me hablaron de sus viajes por los viñedos, de la pronta y bella reconstrucción de Burdeos después de la liberación, de sus amores. Sus palabras me divertían, pero yo quería algo más, que estallara la bomba. Les pregunté específicamente por la Resistencia, pero lo que recibí fueron sonrisas amables. Sólo eso. Quizás yo me excedía en mis preguntas y no era pertinente hablar de resistentes y colaboradores. No cuando el ajuste de cuentas es parte de la naturaleza humana. No entre ellos, que cuando niños crecieron viendo a los soldados alemanes y marinos italianos sacarse fotografías ante el Gran Teatro o la hermosa pileta de la Place des Quinconces, y quizás fue alguno de sus padres o hermanos mayores quienes fueron llamados para tomar un retrato a todo el grupo.
Al salir del Ateneo caminé hacia la parada de tranvía Hotel de Ville. Los turistas continuaban con sus fotografías frente a la Catedral de Saint André. Un grupo de mexicanos, al reconocer mi indiscutible aspecto latinoamericano, me pidió que le haga una foto. Yo acepté. Una vez hecha la fotografía me preguntaron mi nacionalidad. ¿Son muchos los peruanos en Burdeos?, me preguntó uno de ellos. No tantos, respondí. Los dejé discutiendo en torno al estilo de la Catedral. Recordé que la noticia más antigua de un peruano en Burdeos que yo conocía era la de un poeta de finales del XIX, llamado Nicanor Della Rocca de Vergalo, que pasó unos pocos días en un cuartucho a media calle del Cours Victor Hugo. Su presencia en esta ciudad fue célebre, entre los pocos que sabemos de su existencia, porque desde aquí le escribió una penosa carta a Stéphane Mallarmé pidiéndole dinero prestado para comprar un billete de tren hacia París. No se conoce la respuesta de Mallarmé, pero se cree que le envió el dinero. Nicanor, en su petición, había apelado a la memoria del hijo muerto del poeta francés.
Madame Laforet toma el mismo tranvía que yo, pero a ella le cuesta quince minutos más llegar a la parada. En la clase me dijo: “Nada sucedió. No hubo explosión. Aguardamos un buen rato, como si no hubiera otra opción que morir allí. No importa de qué”. Con la espera ni cuenta se dieron de que el bombardeo había pasado. Ella y su familia, todos lo que sobrevivieron en ese momento, volvieron a la ciudad. Y efectivamente, muchos hallaron sus casas destruidas.

(Revista Quimera, N° 298, septiembre de 2008)

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