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En el tejado

Acabo de leer un libro de cuentos de Russel Banks. Viviendo donde vivo, Burdeos, sólo encontré una edición francesa. No tengo ni idea de si hay una versión en español. En inglés, el libro lleva por título The angel on the roof. La versión francesa, L’ange sur le toit. Literal y exacto. Allí, entre todos los cuentos, me fascinó el llamado “Djinn”. Este cuento trascurre en la ciudad de Gbandeh, en la Républica Democrática de Katonga, en el oeste africano. El narrador es un americano, empleado de una empresa de sandalias que tenía su fábrica en esta ciudad. Este, mientras pasaba algunas temporadas de trabajo en Gbandeh, sólo quería cumplir con su misión y hacerse de una rutina entre el hotel y un restaurante del centro de la ciudad. Sin embargo esta rutina se vio quebrada por la presencia de un loco vagabundo, Djinn, conocido por los alrededores, pero que, una cierta noche, dio de gritos al asustado narrador. Este personaje no quiso volver más a este restaurante y trató de rehacerse en sus hábitos. Claro, hay impulsos, deseos inexplicables, y es lo que tuvo el empleado norteamericano al volver una noche al mismo restaurante. Y, como era de esperarse, el loco apareció nuevamente, siguiendo sus propias rutinas. Sólo que en esta caso, no le prestó importancia a nuestro narrador y decidió trepar por balcones, muros, a realizar equilibrios sumamente peligrosos que comenzaron a inquietar a los comensales. Finalmente vinieron los gendarmes de la zona y, luego de previas advertencias, le pegaron un tiro. Este hombre cayó y todo volvió a la calma. Nuestro narrador, no obstante a la tranquilidad que se impuso, de pronto se vio alterado y trepo por los mismos balcones, muros, techos y, pese a las conminaciones, permaneció toda la noche sobre un tejado. No hubo más disparos ni gritos. Lo dejaron allí.
Lo que me sorprendió de este cuento, como en otros similares, y que me dejó desasosegado, es la posibilidad de volvernos otros; de dejar nuestro espacio, nuestra razón, y mimetizarnos con ese otro con el que no creíamos tener similitudes. Y, lo más sorprendente, que los demás también empiecen a verte como ese otro.
Desde niño siempre temí que algo así me suceda algún día.

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