Ir al contenido principal

Nubes

No es novedad que las relaciones entre las personas cambien a la más mínima ley, capricho, o avance tecnológico. Desde no hace mucho se puso en práctica en toda Francia el no fumar en lugares públicos. Al principio fue la locura. Y era de entenderse. La mayoría de franceses fuma a rabiar. Incluso, a pesar del precio de los cigarrillos, muchos prefieren bolsas de tabaco, filtros y papel y se ponen a armarlos ellos mismos. Claro, en esto no está sólo el vicio de fumar, sino también el toque del nuevo joven urbano. En fin, lo cierto es que les tocó a los fumadores excluirse de los demás. Para los que no fumamos mucho o casi nada, da gusto entrar a un bar, tomar unos tragos y salir sin apestar a tabaco (de todas las calidades). Todo va bien hasta aquí, o quizás no si cambiamos de perspectiva. Pues he notado, pasado los meses, que esta ley les ha caído de maravillas a los antiguos fumadores solitarios. Ahora se concentran en las entradas de los bares y restaurantes, intercambian sonrisas, hacen trueques de filtros, tabaco y papel, charlan, piden números de teléfono y seguramente más de una pareja gozará íntimamente de este encuentro y se sentirá sobre una nube (de humo). Y qué pasa con los que no fuman. Huelen bien pero tienen un aire a aburridos. El ambiente está en las terrazas, no importa la época del año. Todos los establecimientos se han visto obligados a pedir permisos y ocupar parte de las aceras. Las sillas y mesas se extienden cada vez más, en medio de humaredas. Así, hasta da ganas de fumar un poco más. Quien no quiere estar de vez en cuando sobre una nube.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

La mano

Quisiera escribir en este blog más a menudo, pero no me quiero dejar llevar por los apuros y exigencias que imponen estas nuevas tecnologías. Por eso escribo cuando realmente me vienen muchas ganas de hacerlo. Como ahora, a pesar de lo que me ha sucedido; o, lo digo de una vez, a causa de lo que me ha sucedido. Esta mañana, movido por unas ansias enormes trasladé de un punto a otro unas cajas pesadas, llenas de libros nuevos, que habían llegado a la biblioteca en la que trabajo. Entre muchas novedades, habían llegado los libros del argentino Sergio Chejfec. El entusiasmo, sin embargo, se difuminó cuando me fueron ganando unas intensas punzadas en la muñeca de la mano derecha. Dejé los libros de lado, observando como mi mano poco a poco iba alcanzando otras dimensiones. Accidente de trabajo, me dije, y me fui directo al servicio médico. En efecto, la doctora no hizo más que confirmar que se trataba de un esguince. Una férula por quince días y será historia pasada, es lo que me dijo. Lu...

La cabeza de San Nicasio

Hace un par de horas que desistí continuar con el paseo por el centro de la ciudad de Reims. Si bien el frío no era extremo -estábamos sobre 5 grados-, al cabo de un momento de andar por las calles me empezó un fuerte dolor de oídos. Por fortuna se trata de una ciudad pequeña y el recorrido lo hice relativamente rápido, a pesar incluso de detenerme a contemplar un viejísimo tiovivo veneciano que persistía en dar giros aunque no hubiera un solo niño sobre sus animales rodeados en un escenario de cartón piedra. Tratando de huir del viento helado volví a entrar en la Catedral. La había visitado la noche anterior con unos amigos, pero esta vez creí que sería el mejor lugar para recalentar mis oídos. Por supuesto, también quería volver a ver las esculturas de San Nicasio. Este mártir cristiano había sido decapitado por los bárbaros. La leyenda dice que se desplazó con su cabeza entre las manos para ir al lugar donde yacería su cuerpo. De esta manera este San N...

¿Quién es más grande que Monterroso?

En un terrible afán, propio de estos tiempos, muchos escritores de microficción se suman a la competencia (no a la de ser competentes , sino más próximos a los caballos en los hipódromos). El objetivo: quién escribe el microrrelato más corto (se entiende que ingenioso, bueno, perfecto, la suma y resta de todos los escritos anteriormente). Competencia y meta absurdas, sin lugar a dudas. Debería de quedarnos bien en claro que nadie puede ser más pequeño que el dinosaurio ni más grande que Monterroso.