En una de las sesiones de mi taller virtual La Cueva se me ocurrió poner en práctica un ejercicio de escritura. Les pedí a los talleristas que nos insultáramos durante un tiempo que yo fijaría. No entendían bien de qué iba todo esto, pero aceptaron. Confiaban en mí, qué le vamos a hacer. Di la partida y los primeros insultos aparecieron en pantalla. Al principio eran bastante tímidos, generales, iban dirigidos al grupo. Luego, se fueron personalizando poco a poco y el tono se elevó. De pronto noté que los disparos iban certeros y que era momento de detenerlo si no quería abatidos. Lo divertido es que se quedaron con las ganas de seguir insultando. Pedían reiniciar el ejercicio. Pero no. Había sido suficiente. La idea era saber hasta qué punto (además del desfogue) este ejercicio nos ayudaba en lo que escribíamos. Un punto, creo que el más importante para quienes están interesados en la escritura, es que no podía insultar sin conocer realmente a la otra persona. Era necesaria saber detalles de su vida, de su personalidad y hallar la frase perfecta para insultarlo. ¿Se imaginan ustedes si empleáramos este recurso con nuestrso personajes de ficción? Es decir, si somos capaces de encontrar un buen insulto para nuestros personajes, significa que lo hemos construido debidamente, que conocemos hasta sus debilidades. Claro, esto es sólo un recurso narrativo, no una fórmula. Los insultos, al no individualizarlos, son sólos palabras vacías. No ofenden a nadie. ¿O no?, lector de mierda.
Hace un par de horas que desistí continuar con el paseo por el centro de la ciudad de Reims. Si bien el frío no era extremo -estábamos sobre 5 grados-, al cabo de un momento de andar por las calles me empezó un fuerte dolor de oídos. Por fortuna se trata de una ciudad pequeña y el recorrido lo hice relativamente rápido, a pesar incluso de detenerme a contemplar un viejísimo tiovivo veneciano que persistía en dar giros aunque no hubiera un solo niño sobre sus animales rodeados en un escenario de cartón piedra. Tratando de huir del viento helado volví a entrar en la Catedral. La había visitado la noche anterior con unos amigos, pero esta vez creí que sería el mejor lugar para recalentar mis oídos. Por supuesto, también quería volver a ver las esculturas de San Nicasio. Este mártir cristiano había sido decapitado por los bárbaros. La leyenda dice que se desplazó con su cabeza entre las manos para ir al lugar donde yacería su cuerpo. De esta manera este San N...
Comentarios
Ricardo.
"talleristas" (vaya y pase)
"insultaramos" por 'insultáramos'
"noté que los disparos iban certeros y que era momento de detenerlo si no quería abatidos" (vamos, que también existen los dados)
"desfigue" (??)(¿pérdida de la virginidad?)
La idea es buena, por lo demás. Pero no has acertado con tu insulto en mi caso. ¡Ni siquiera existo!
Saludos cordiales
http://hjorgev.wordpress.com/