En una de las sesiones de mi taller virtual La Cueva se me ocurrió poner en práctica un ejercicio de escritura. Les pedí a los talleristas que nos insultáramos durante un tiempo que yo fijaría. No entendían bien de qué iba todo esto, pero aceptaron. Confiaban en mí, qué le vamos a hacer. Di la partida y los primeros insultos aparecieron en pantalla. Al principio eran bastante tímidos, generales, iban dirigidos al grupo. Luego, se fueron personalizando poco a poco y el tono se elevó. De pronto noté que los disparos iban certeros y que era momento de detenerlo si no quería abatidos. Lo divertido es que se quedaron con las ganas de seguir insultando. Pedían reiniciar el ejercicio. Pero no. Había sido suficiente. La idea era saber hasta qué punto (además del desfogue) este ejercicio nos ayudaba en lo que escribíamos. Un punto, creo que el más importante para quienes están interesados en la escritura, es que no podía insultar sin conocer realmente a la otra persona. Era necesaria saber detalles de su vida, de su personalidad y hallar la frase perfecta para insultarlo. ¿Se imaginan ustedes si empleáramos este recurso con nuestrso personajes de ficción? Es decir, si somos capaces de encontrar un buen insulto para nuestros personajes, significa que lo hemos construido debidamente, que conocemos hasta sus debilidades. Claro, esto es sólo un recurso narrativo, no una fórmula. Los insultos, al no individualizarlos, son sólos palabras vacías. No ofenden a nadie. ¿O no?, lector de mierda.
Quisiera escribir en este blog más a menudo, pero no me quiero dejar llevar por los apuros y exigencias que imponen estas nuevas tecnologías. Por eso escribo cuando realmente me vienen muchas ganas de hacerlo. Como ahora, a pesar de lo que me ha sucedido; o, lo digo de una vez, a causa de lo que me ha sucedido. Esta mañana, movido por unas ansias enormes trasladé de un punto a otro unas cajas pesadas, llenas de libros nuevos, que habían llegado a la biblioteca en la que trabajo. Entre muchas novedades, habían llegado los libros del argentino Sergio Chejfec. El entusiasmo, sin embargo, se difuminó cuando me fueron ganando unas intensas punzadas en la muñeca de la mano derecha. Dejé los libros de lado, observando como mi mano poco a poco iba alcanzando otras dimensiones. Accidente de trabajo, me dije, y me fui directo al servicio médico. En efecto, la doctora no hizo más que confirmar que se trataba de un esguince. Una férula por quince días y será historia pasada, es lo que me dijo. Lu...
Comentarios
Ricardo.
"talleristas" (vaya y pase)
"insultaramos" por 'insultáramos'
"noté que los disparos iban certeros y que era momento de detenerlo si no quería abatidos" (vamos, que también existen los dados)
"desfigue" (??)(¿pérdida de la virginidad?)
La idea es buena, por lo demás. Pero no has acertado con tu insulto en mi caso. ¡Ni siquiera existo!
Saludos cordiales
http://hjorgev.wordpress.com/