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Burdeles y aparecidos (versiones y dispersiones)

En el año 2004 publiqué un libro de ficción breve, Enciclopedia mínima. Como es natural, a algunos cuentos les tengo más cariño que a otros. Y no digo que me gusten más o que los crea de gran nivel (esto me recuerda cuando a un conocido escritor argentino le dije que me había gustado uno de sus cuentos. "Hermoso cuento, verdad?" fue lo que me respondió). Este no es el caso. Sólo que les tengo cariño por el momento particular de su escritura, por lo que me evocan de su proceso de gestación. Uno de esos cuentos se titula Burdeles y aparecidos y aparece en la sección llamada Prostitución sagrada. Alguna vez busqué entre mis cuadernos y encontré su primera versión, escrita con mi habitual mala caligrafía y los borrones y correcciones de siempre. Decidí escanearla y tenerla allí, guardada en un archivo. Ahora se me ocurrió ponerlo aquí, compartir su momento inicial, jugar a la crítica textual, que poco o nada puede hacer con los manuscritos actuales que pasan las correcciones en la computadora. También verán algunas anotaciones que aparecen en las mismas páginas, algunas citas que tomé en ese momento, los títulos de los libros que pensaba publicar, hasta el número de páginas que planifiqué.



También va la versión final del cuento.





Burdeles y aparecidos

Los últimos sucesos terminaron por ahuyentar a las familias que habitaban el viejo caserón de la calle Huatica. Si bien todos sabían que dicha casa fue el burdel más vistoso y concurrido de los años treinta, nadie pensó que al ser clausurado y ocupadas sus habitaciones por numerosas y desventuradas familias, estas fueran sorprendidas por particulares apariciones en los salones, los corredores y en las propias camas donde dormían. Al principio, no todo fue quejas. Los hombres se divertían al ver mujeres semidesnudas en sus puertas, y hasta un muchacho confesó haber descubierto el sexo gracias a las visitas nocturnas de una lívida mujer. Sin embargo, la incomodidad y el miedo llegaron cuando los hombres ya no diferenciaron entre sus esposas y las aparecidas, y el joven iniciado tuvo más de un susto cuando su visitante le exigía su correspondiente pago. Para remediarlo se convocaron algunos espiritistas y rezadoras, pero poco se pudo hacer. Por el contrario, el número de aparecidos se incrementó. Ahora no solo surgían prostitutas ante la vista de todos, sino también clientes espec-trales que formaban fila en las entradas de las habitaciones. Generalmente estos clientes se marchaban apenas terminaban sus fantasmales descargas, pero, para desesperación de los vivos, siempre quedaba uno, tímido e indeciso, que caminaba por todo el caserón una y otra vez. Por ello, cuando las familias decidieron abandonar el lugar, no supieron si el rostro tristísimo de aquel cliente era porque ellos se marchaban o porque aún no se animaba a entrar a una de las habitaciones.


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