Cuando uno escribe un microrrelato, siempre tiene la tentación de darle un final sorpresivo. Es lo que está más a la mano. Sin embargo, creo yo, hay que evitar caer en este recurso o tener bien en claro para qué lo usamos. Es común hallar cuentos en los que su desenlace, con un supuesto quiebre genial, se resuelve con un personaje que ha venido soñando todo lo narrado y su madre lo despierta para que vaya a la escuela o al trabajo, o que la gran batalla resultó ser la final de un campeonato local de fútbol, o que el ajusticiamiento o decapitación en realidad se trataba de una cebolla rebanada. Esto demuestra, obviamente, poco oficio o menos ingenio o simple pereza en su autor. El final sorpresivo no debe verse como el recurso decisivo para el buen funcionamiento del cuento, y en especial del breve; pues su lectura se reduciría terriblemente a un banal efectismo. Este final debe ser un elemento más en el texto. Su efecto debe residir en ser un falso final; que el lector crea, por un momento, que todo se decide en sus últimas palabras. Pero no es así. El lector más avisado sospechará que hay algo más tras ese desenlace. Quizás no sepa finalmente de qué se trata, pero esa ignorancia será placentera.
En un terrible afán, propio de estos tiempos, muchos escritores de microficción se suman a la competencia (no a la de ser competentes , sino más próximos a los caballos en los hipódromos). El objetivo: quién escribe el microrrelato más corto (se entiende que ingenioso, bueno, perfecto, la suma y resta de todos los escritos anteriormente). Competencia y meta absurdas, sin lugar a dudas. Debería de quedarnos bien en claro que nadie puede ser más pequeño que el dinosaurio ni más grande que Monterroso.
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