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Halloween en Burdeos

Vivo en una zona de edificios en los que más abundan los jubilados. Esto ha permitido que haya un mejor contacto con los vecinos, pues tienen tiempo y necesidad de conversar con los demás. Claro, esto no siempre es así. Hace poco leí una crónica del gran escritor colombiano Santiago Gamboa en la que cuenta que una anciana vive encerrada por años en su piso parisino. Mis vecinos son algo más sociables, pero acabo de comprobar que son poco dados a los cambios en el mundo. Halloween, por ejemplo, lo han venido a descubrir cuando mi pequeña hija se apareció ante sus puertas para pedirles caramelos. Mi pequeña volvió a casa contenta pero agotada. Tuvo que explicarles a casi todos qué era "Halloween". Una mujer le dijo que era turca pero que igual le daría caramelos. Otro anciano tomó de la canastilla de mi niña un par de chocolates y luego le dio un euro. Otra preguntó si era posible hacer todo esto pero sin tocar la puerta y sin que él los tenga que atender. Uno más, un antiguo bailarín de cabaret que luego padeció una malformación de la cara, espantó al compañerito de mi hija, pero ella, habituada al gentil vecino, aprovechó y echó mano a todos los dulces que le ofreció. Los caramelos dados por otros vecinos, sorprendidos por la petición, fueron prudentemente separados por nosotros, pues sus envolturas delataban unas cuantas décadas.
Luego del balance vecinal que me dio mi hija, dimos curso al botín de dulces. Ella está muy contenta, ya lo dije, y mi desayuno ha estado lleno de chocolates.

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