Hace dieciocho años comíamos todos los sábados un plato de lomo saltado en el restaurante Cocoon. Este era un lugar pequeño y ya no existe. Se hallaba en plena Diagonal de Miraflores. Llegábamos allí luego de trabajar toda la mañana en el Museo de Arte de Lima. Durante la comida, Iván contaba muchas historias, que podrían ser de sus lecturas, sus proyectos, lo que le acababa de suceder o todo junto. Y reíamos mucho: de sus lecturas, de sus proyectos, de lo que le acababa de suceder, de todo junto. Eso sucedía todos los sábados, antes de ir a las reuniones del Grupo Centeno. Allí, seguimos riendo.
Quisiera escribir en este blog más a menudo, pero no me quiero dejar llevar por los apuros y exigencias que imponen estas nuevas tecnologías. Por eso escribo cuando realmente me vienen muchas ganas de hacerlo. Como ahora, a pesar de lo que me ha sucedido; o, lo digo de una vez, a causa de lo que me ha sucedido. Esta mañana, movido por unas ansias enormes trasladé de un punto a otro unas cajas pesadas, llenas de libros nuevos, que habían llegado a la biblioteca en la que trabajo. Entre muchas novedades, habían llegado los libros del argentino Sergio Chejfec. El entusiasmo, sin embargo, se difuminó cuando me fueron ganando unas intensas punzadas en la muñeca de la mano derecha. Dejé los libros de lado, observando como mi mano poco a poco iba alcanzando otras dimensiones. Accidente de trabajo, me dije, y me fui directo al servicio médico. En efecto, la doctora no hizo más que confirmar que se trataba de un esguince. Una férula por quince días y será historia pasada, es lo que me dijo. Lu...
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