Hace dieciocho años comíamos todos los sábados un plato de lomo saltado en el restaurante Cocoon. Este era un lugar pequeño y ya no existe. Se hallaba en plena Diagonal de Miraflores. Llegábamos allí luego de trabajar toda la mañana en el Museo de Arte de Lima. Durante la comida, Iván contaba muchas historias, que podrían ser de sus lecturas, sus proyectos, lo que le acababa de suceder o todo junto. Y reíamos mucho: de sus lecturas, de sus proyectos, de lo que le acababa de suceder, de todo junto. Eso sucedía todos los sábados, antes de ir a las reuniones del Grupo Centeno. Allí, seguimos riendo.
Hace un par de horas que desistí continuar con el paseo por el centro de la ciudad de Reims. Si bien el frío no era extremo -estábamos sobre 5 grados-, al cabo de un momento de andar por las calles me empezó un fuerte dolor de oídos. Por fortuna se trata de una ciudad pequeña y el recorrido lo hice relativamente rápido, a pesar incluso de detenerme a contemplar un viejísimo tiovivo veneciano que persistía en dar giros aunque no hubiera un solo niño sobre sus animales rodeados en un escenario de cartón piedra. Tratando de huir del viento helado volví a entrar en la Catedral. La había visitado la noche anterior con unos amigos, pero esta vez creí que sería el mejor lugar para recalentar mis oídos. Por supuesto, también quería volver a ver las esculturas de San Nicasio. Este mártir cristiano había sido decapitado por los bárbaros. La leyenda dice que se desplazó con su cabeza entre las manos para ir al lugar donde yacería su cuerpo. De esta manera este San N...
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