Ir al contenido principal

La unidad y el caos (a propósito de Que la tierra te sea leve)

Hace poco apareció en el periódico La Verdad de Murcia, una reseña, escrita por el poeta y crítico José Belmonte, a mi primera novela, Que la tierra te sea leve. Ya que este blog sólo es leído entre mis amigos (casi puedo decir: hola Pedro, hola Juan, etc.), quiero compartir este texto que, lamentablemente, no aparece en línea.

¿Alguien había pensado en serio que la literatura hispanoamericana se había ido definitivamente al traste? ¿De nada ha servido el magisterio de esos autores que en su día merecieron los más encendidos elogios? Hablamos, entre otros, de Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti, García Márquez o Vargas Llosa. En un libro publicado a principios de los años setenta, Historia personal del Boom, su autor, el chileno José Donoso, en su capítulo final hablaba de todo lo que quedará con el paso del tiempo, cuando sean sometidas a un análisis más detenido y riguroso esas obras consideradas, acaso con cierta precipitación, como maestras. Y se refiere, asimismo, no sin cierta preocupación, a lo que él denomina “cosas nuevas”. O lo que es lo mismo: ¿habrá autores que en los años futuros, es decir, ya en siglo XXI, sean capaces de continuar esa explosión de creatividad en el mundo de la narrativa?

La respuesta tiene ya algunos nombres que podríamos calificar de paradigmáticos. Algunos de ellos han obtenido importantes galardones, como el Herralde de novela. Entre esos nombres cabe citar el del peruano Ricardo Sumalavia (Lima, 1968), quien se inició en el
mundo de la narrativa con algunos libros de cuentos, acogidos muy favorablemente por la crítica más exigente. Hace ahora su primera incursión por el mundo de la novela. Y nos ofrece un título que nos resulta muy evocador, incluso enigmático: Que la tierra te sea leve. Para empezar, se trata de una obra ambiciosa, de gran complejidad, dirigida a un lector hecho y derecho, exigente y con experiencia en
estas labores. Un relato en donde la ficción, pura y dura, se mezcla sabiamente con la memoria y la autobiografía. Un relato intenso, profundo, sugerente en el que se aborda de manera valiente asuntos como la fealdad, el desarraigo, el desamor y el exilio interior. Y, junto a ello, fluye, como un río silencioso, todo lo referente a la metaficción. La novela dentro de la novela. O, si se prefiere, los misterios dela creación literaria. “Por más que trato de impedirlo -asegura uno de los narradores de la obra-, todos mis recuerdos continúan fundiéndose entre sí, se van haciendo uno (…) Que el caos me dé la unidad si
ésta existe”. Una novela madura, escrita impecablemente y que a nadie deja impasible.

Comentarios

Oso Naranja dijo…
Felicitaciones por tu muy buena novela (la terminé hace un par de días)y por el premio. Y otra felicitación más, atrasadísima, por Minúsculas, libro modélico para ser disfrutado en bocados mordidos al azar en el taxi o en la cola del banco.
muchas gracias por tus palabras. y ni te imaginas cuántos libros me leí mientras hacía la cola en un banco.

Entradas más populares de este blog

¿Quién es más grande que Monterroso?

En un terrible afán, propio de estos tiempos, muchos escritores de microficción se suman a la competencia (no a la de ser competentes , sino más próximos a los caballos en los hipódromos). El objetivo: quién escribe el microrrelato más corto (se entiende que ingenioso, bueno, perfecto, la suma y resta de todos los escritos anteriormente). Competencia y meta absurdas, sin lugar a dudas. Debería de quedarnos bien en claro que nadie puede ser más pequeño que el dinosaurio ni más grande que Monterroso.

Pericote

En el aeropuerto de Schiphol, en Holanda, uno de los más modernos del mundo, me acabo de cruzar con un pericote. Es muy pequeño. Tengo la impresión de que no tiene muchos días de nacido. No parece saber a dónde ir ni cómo conseguir alimento. No es que se sienta aterrado. Casi no hay gente por este lado del aeropuerto. Son casi las cinco de la mañana. El pericote va de un lado al otro, como si dudara de su trayecto, y vuelve al punto inicial desde donde lo vi aparecer. Me hace acordar la época en la que yo frisaba los veinte años. Era diciembre y mi madre había atrapado una rata. Ella estaba tranquila, pues no quería que la navidad nos atrapara con semejante roedor. Sin embargo, unos chillidos dentro de la caja de adornos navideños nos reveló que la rata nos había dejado algo. Recuerdo que la tarde había caído y mi madre me pidió que la ayudara a deshacernos de los pericotes que seguramente se hallaban dentro de la caja. En esa época yo aún era estudiante de ingeniería, pero en mi ca...

La mano

Quisiera escribir en este blog más a menudo, pero no me quiero dejar llevar por los apuros y exigencias que imponen estas nuevas tecnologías. Por eso escribo cuando realmente me vienen muchas ganas de hacerlo. Como ahora, a pesar de lo que me ha sucedido; o, lo digo de una vez, a causa de lo que me ha sucedido. Esta mañana, movido por unas ansias enormes trasladé de un punto a otro unas cajas pesadas, llenas de libros nuevos, que habían llegado a la biblioteca en la que trabajo. Entre muchas novedades, habían llegado los libros del argentino Sergio Chejfec. El entusiasmo, sin embargo, se difuminó cuando me fueron ganando unas intensas punzadas en la muñeca de la mano derecha. Dejé los libros de lado, observando como mi mano poco a poco iba alcanzando otras dimensiones. Accidente de trabajo, me dije, y me fui directo al servicio médico. En efecto, la doctora no hizo más que confirmar que se trataba de un esguince. Una férula por quince días y será historia pasada, es lo que me dijo. Lu...