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Mostrando las entradas de 2014

Heridas

Me acabo de hacer un corte en el dedo meñique. Sucedió al pasar la hoja de un libro que vengo leyendo. Como se trata de un libro en gran formato y con muchas fotografías, el papel es muy fino, al parecer lo suficiente para que uno de sus bordes, cual lámina de navaja, dibujara una línea sobre la piel de mi dedo pequeño.  No estoy en casa. Me encuentro en un café al que he empezado a frecuentar desde hace poco. Está a unos diez minutos pie desde mi casa. Ahora suelo tomar la calle de donde vivo, rue Porte Dijeaux, y camino recto hasta la Place Gambetta. Me gusta atravesar esta plaza en diagonal. En medio tiene un diminuto lago artificial el cual se puede cruzar por un puente de madera igual de diminuto. Cuando llego al otro extremo de la plaza, sigo por la rue Judaïque y dos calles más adelante giro a la derecha, hacia la Place des Martyrs de la Résistance. Dejo atrás todos los comercios consecutivos y a los transeúntes que turistean por el centro de Burdeos. Por aquí sólo vienen lo...

El lago

Dentro de pocos meses cumpliré diez años de vivir en Burdeos. Como bien se sabe, los números redondos nos atraen y nos espantan en igual medida. Creo que esto se debe más razones ligadas a lo gráfico que a otra cosa. Es como si la forma oval del dígito cero nos representara a nosotros mismos, como si estuviéramos encerrados dentro y nos preguntáramos qué ha pasado en todo este tiempo y, sobre todo, qué pasará luego. Todo este tiempo en Burdeos, creo, va llegando a su fin. Pero antes de afirmarlo -cosa de la que no soy capaz ahora- me ha venido últimamente la pregunta de qué tanto he visto y vivido en esta ciudad. Nunca he creído en las reglas para conocer ciudades que ofrecen algunos escritores. Yo sólo he tratado de seguir viviendo con lo que poseo y preguntándome muchas veces de qué modo veo esta ciudad. El domingo último un amigo nos invitó a almorzar en su casa. Se trata de un hombre bastante mayor, un antiguo profesor de escultura, ahora jubilado. Su reciente viudez lo agobia -...

Oficio y beneficio

En un libro que reúne las clásicas entrevistas del The Paris Review acabo de releer una hecha a Ernest Hemingway. La primera vez que la leí, cuando tenía poco más de veinte años, me interesaba sobremanera hallar todos los consejos posibles sobre la escritura. Me entusiasmó enterarme de su marcada disciplina y sus tácticas para tener el "pozo lleno" de historias. Por alguna razón, asociaba estas enseñanzas de Hemingway con la imagen de un zapatero que trabaj aba cerca de mi casa, sentado en su pequeña banca, con su delantal de cuero y la boca llena de clavos, un cigarrillo colgando de un lado de sus labios y hablando con los clientes sin quitar la vista del zapato que claveteaba. Puro oficio, es lo que pensé entonces; y recuerdo haber tratado de aprovechar lo que se avenía mejor a mi forma de narrar. Con la entrevista entre manos, ahora me detengo en un comentario de pasada que hace Hemingway. Se nota que durante la entrevista estuvo bastante aburrido y que en general lo q...

Antena

Estoy sentado en un canapé, en mi departamento de la rue Porte Dijeaux. Esta mañana no hay nadie más en casa. Bueno, el gato anda por algún lugar de la casa, ajeno a mí. Me encuentro sentado frente al televisor. Se trata de una pantalla plana, negra. Decir su color es ahora una redundancia. No está encendido y su pantalla se ha convertido en un espejo negro. Me veo reflejado con este smartphone entre manos, escribiendo. Pero también aparecen otras imágenes que sólo puedo recrearlas, aquí y ahora, por escrito. Veo el televisor de mi familia. Debe ser 1975 o 76. Vivimos en otro departamento, en Lima. Jirón Ancash 830, departamento 216. Es un segundo piso. El televisor es en blanco y negro, gigantesco. Seguramente no era nada grande, pero ya sabemos cómo son los recuerdos de la infancia. Tiene una antena en forma de V. Ahora me veo de seis o siete años, manipulando esta antena, buscando la señal correcta. Mis hermanos mayores me dicen que, sin soltar un extremo de la antena, levante mi...

El sutra del café

Luego de la comida del mediodía se nos antojó tomar una taza de café. No el café que habitualmente compramos en el mercado de Burdeos, sino uno que habíamos traído en nuestro último viaje a Lima. Me ofrecí a prepararlo y descubrí que sólo nos quedaba lo justo para servir en una taza. Sin darnos cuenta nos habíamos bebido casi todo. Como no tenía sentido dejar de prepararlo, saqué la cafetera italiana, aquellas cafeteras de metal cuyo vapor de agua asciende por un embudo que atraviesa el café molido y concentra su líquido en un compartimento superior, y lo coloqué en la hornilla a fuego alto. Mientras se hacía el café tomé un libro que leo en estos días. Se trata de una antología de poesía coreana clásica, concentrada especialmente en los poetas budistas, en los monjes. En realidad, la mayoría de estos monjes no se consideraban poetas y muchas veces ni siquiera tenían intensiones artísticas. Su intención última era el aprendizaje y acceder al camino según las diversas vías que las es...

Modiano y el Perú

Pocos saben que el reciente premio Nobel de Literatura, Patrick Modiano tiene vínculos con el Perú. Bueno, en realidad somos los peruanos los que nos hemos relacionado con él. Resulta que una de sus novelas, Dimanches d'août, fue adaptada al cine bajo el título de Te quiero. La película es francesa y se estrenó el 2001. Esta historia fue ambientada nada menos que en Lima, en un distrito de Barranco no del todo reconocible, con acciones dentro de un bar llama do El Pato Blanco. Dicho de otra manera, hemos tenido una historia modianesca en Lima. El director de esta película es Manuel Poirier, un francés que nació en Lima y que quiso volver a sus raíces con esta adaptación libre de una novela de Modiano. En realidad la novela trascurre en Niza, pero Poirier pensó que Barranco venía mejor. Para mayores coincidencias, Poirier resulta ser el primo del marido de una amiga y antigua colega peruana; además, otra amiga peruana, artista plástica que ahora vive en Burdeos, re...

La voz de Mairena

Esta mañana observo desde la Place du Capitole un cielo celeste, tenue, que se permite algunas nubes que sin duda se desvanecerán en breve. Esta es la plaza más visitada de Toulouse. Me acompaña el escritor argentino Eduardo Berti. La noche anterior habíamos participado en una charla sobre el cuento lationamericano. Luego enfilamos por una de sus calles angostas y nos dirijimos al río Garonne. Seguimos por la rue Pargaminières. Me atrae la arquitectura en la que predominan las fechadas con ladrillo color terracota. Berti me comenta que las calles le recuerdan mucho a España. No es de extrañarse. Muchos españoles se exiliaron en el sur de Francia cuando la guerra civil. Los hermanos Antonio y Manuel Machado pasaron largas temporadas en Francia. Es más, es sabido que Antonio vivió su exilio francés hasta el final de sus días. Manuel fue distinto. El pudo continuar su vida en España, al parecer debido a unos textos condescendientes a favor de Franco. No se puede afirmar, pero se dice...

Últimos tiempos

Uno de los placeres recurrentes que me permito en Burdeos en estos últimos tiempos es escribir mientras me encuentro sentado en la banca de un parque, una alameda o un bulevar. Como a veces me dejo llevar por ciertos hábitos, suelo sentarme en una banca en Allées de Tourny, a pocos metros de un carrusel. La banca que suelo ocupar se encuentra del lado derecho -observando desde el carrusel- y está justo delante del inmueble donde Hölderlin fue preceptor en una familia acaudalada hasta principios del siglo XIX. Allí Hölderlin escribió muchos poemas. Pero hoy he cambiado de banca. He decidido buscar la sombra y por eso me sentado en la banca del lado izquierdo. Observo la banca que suelo ocupar y está vacía. Nadie se atreve a ocuparla bajo este solo intenso. Recuerdo que alguna vez, sentado en esa banca, vino ocuparla también una anciana. Para los ancianos es muy fácil ponerse a charlar con los desconocidos. Ella me habló del clima, de las lluvias que sin duda caerían pronto. Le pregun...

Pericote

En el aeropuerto de Schiphol, en Holanda, uno de los más modernos del mundo, me acabo de cruzar con un pericote. Es muy pequeño. Tengo la impresión de que no tiene muchos días de nacido. No parece saber a dónde ir ni cómo conseguir alimento. No es que se sienta aterrado. Casi no hay gente por este lado del aeropuerto. Son casi las cinco de la mañana. El pericote va de un lado al otro, como si dudara de su trayecto, y vuelve al punto inicial desde donde lo vi aparecer. Me hace acordar la época en la que yo frisaba los veinte años. Era diciembre y mi madre había atrapado una rata. Ella estaba tranquila, pues no quería que la navidad nos atrapara con semejante roedor. Sin embargo, unos chillidos dentro de la caja de adornos navideños nos reveló que la rata nos había dejado algo. Recuerdo que la tarde había caído y mi madre me pidió que la ayudara a deshacernos de los pericotes que seguramente se hallaban dentro de la caja. En esa época yo aún era estudiante de ingeniería, pero en mi ca...

Mar

Estoy en Lima. Exactamente me encuentro frente al mar de Lima. La tarde se acaba y yo decido permanecer aquí, sabiendo que inevitablemente en unos momentos le daré la espalda a este mar. Iván Bunin escribió alguna vez una semblanza de su maestro y amigo Antón Chejov. En ella recuerda uno de sus tantos encuentros en Yalta. Una mañana Chejov le refirió que había leído un texto, una descripción del mar, escrita por un escolar. El texto decía: "El mar era grande". A Chejov le parecía grandiosa esta descripción y no podía ocultar su entusiasmo. Bunin recoge esta anécdota para dar una muestra de la personalidad y estilo muy propios del autor, en los que la maravilla y el goce provienen de la precisión y, sobre todo, de huir de cualquier tipo de ampulosidad a la que cierta prosa suele tener predisposición. Dada la relevancia que le otorga el autor de la semblanza, yo hubiese creído que ésta era una enseñanza bien asimilada por Bunin; sin embargo, en otro pasaje, introduciendo al ...

Los juguetes de papá

Hace más de año y medio que no veía a mi padre. Su edad ronda alrededor de los 87 años. Lo digo de este modo porque nunca sabremos su edad exacta. Ni él mismo la sabe. Según cuenta, para evadirse del servicio militar obligatorio de fines de los años cuarenta, en dos -o tres- oportunidades alteró su partida de nacimiento. Luego, en un momento no muy claro de su vida, intentó recuperar la edad que le correspondía, pero no pudo hacerlo, aunque en algo pudo avanzar la cifra. Finalmente, en esas idas y venidas de su cronología, terminó por olvidar su año de nacimiento y aceptar lo que su último documento de identidad le indicaba. En la primera charla que tuvimos en este último y reciente reencuentro, me tomó del brazo y me llevó a su habitación. "Mira por lo que se me ha dado últimamente", me dijo señalando su cómoda. Sobre ésta, lo que vi fueron diversos juguetes: Carritos de metal, soldados de plomo, avionetas y buses de cerámica y otros pequeños artefactos a los que desde ha...

A las orillas del lago

En una de estas mañanas de agosto, fui nuevamente y muy temprano a bañarme en el lago. Es un lago muy grande al norte de Burdeos, al cual se llega rápidamente en el tranvía y cinco minutos de caminata. Esa vez me acompañó mi hija Verónica. Si bien el lago es enorme, lo que corresponde a la playa y a la arena hace solo un largo de quince metros, o menos. El resto de los bordes del lago está arbolado y poco accesible. Es por esa razón me gusta ir muy temprano; porque la puedo encontrar libre de bañistas. Claro que a veces descubro que se me adelantó algún anciano o una madre con su pequeño hijo que apenas sabe dar unos pasos en la orilla. Pero a la mañana que refiero no había nadie más que mi hija y yo. Así que esa parte del lago, limitada por unas boyas de seguridad, fue nuestra piscina privada. O casi, puesto que por unos buenos minutos la compartimos con una familia de patos. Media hora después de estar disfrutando dentro del agua, apareció una mujer, algo obesa y pasada la cincuen...

El ojo de James

Leyendo unas crónicas de viaje del escritor Henry James, me sorprendió descubrir que su paso por Burdeos no le dejó mayores comentarios. Su interés se concentró en la cercana ciudad de Angoulême, puesto que tenía muy vivas aún las referencias de este lugar descritas en la novela   Illusions perdues de Balzac. Él quería contrastar las personas y el espacio real ante su vista con los personajes literarios y el espacio imaginado, privilegiando, claro está, lo segundo sobre el primero, porque, como lo dijo él mismo: “ellos son reales, supremamente reales, porque son hijos del gran Balzac, quien les fabricó una realidad artificial infinitamente superior a la realidad vulgar”. Fue por esa razón que finalmente tomó la decisión de observar Angoulême desde la ventana del tren. No necesitaba ver más. La literatura ya había satisfecho su necesidad de mirar. Este regusto por la observación en Henry James lo podemos detectar tanto en su propia obra de ficción, como en las acotaciones que él...

Aquella dimensión que perturba

De pequeño, cuando todavía no alcanzaba los nueve años, yo era un niño intrépido. Los que me conocen de toda la vida saben que decir intrépido es una exageración, que no me reconocerían en esta clasificación, que seguramente me estoy idealizando. Sucede que a esa edad, como el resto de mis amigos, yo jugaba bien al trompo y sabía hacerlo bailar con precisión e incluso realizar piruetas con él. También escalaba unos muros de una antigua iglesia al frente del edificio donde vivía y me lanzaba desde lo más alto, sin importar cómo cayera -que por lo general era una caída desastrosa, pero feliz-. Los mismos saltos los hacía de unos muros en el parque que está detrás del Congreso, en pleno centro de Lima. Lanzarse de un árbol y sentir el corte del viento en el rostro era la prueba de valor que uno empezaba a imponerse desde la infancia. Al menos es lo que pensábamos mis amigos y yo. Un día todo esto se terminó. Nunca supe por qué pero de pronto no hubo manera de hacer bailar el trompo. D...

Largo en boca

Vivir en Burdeos me ha enseñado muchas cosas. De algunas de ellas seguramente no tengo aún una idea clara de lo que se trata, ni su aplicabilidad, pero sabemos que así es el aprendizaje. Por ejemplo, una expresión aprendida y que tengo en la cabeza últimamente es "largo en boca". Esta suele ser empleada por los conocedores del vino -aquí todos son conocedores del vino- para referirse a la permanencia de sabores en la cavidad bucal, aromatizándola luego de ingerir un generoso sorbo de vino. Lo mismo experimento, debo confesar, luego de pronunciar determinadas palabras. Hay algunas que son rasposas, astringentes, a gusto de barrica vieja. Hay otras más afrutadas, ligeras, o que se volatizan más rápidamente, pero cuyo recuerdo puede ser aún más prolongado en nosotros. No hace mucho titulé un texto mío "Carnets". El primer comentario que recibí fue que la Real Academia de la Lengua había fijado como norma el uso de la palabra "carné". Por lo que, según es...

Las ruinas invadidas

Las últimas semanas me levanto más temprano, con una mayor frecuencia de la habitual, para ir a uno de mis trabajos. Suelo ir en tranvía y bajarme en la parada Doyen Brus. Esto ya forma parte de los linderos de Burdeos. Bueno, desde el centro, en veinte minutos y en cualquier dirección, ya estamos a las afueras de Burdeos. Desde esa parada tomo una avenida ancha y camino unos cinco minutos. Esos cinco minutos me encantan. Me alegran el resto del día. En realidad, si soy más específico, ni siquiera son esos cinco minutos de trayecto los que me animan. Se trata de sólo unos segundos, que son los que utilizo para pasar delante de lo que fue una casa. De ella sólo queda la fachada. Es muy pequeña, seguro fue una casa muy humilde de un campesino de la zona. Se trata de un rectángulo blanco con una puerta y ventana hechas con listones de madera, también pintadas de blanco, y un alero –o lo que fue un alero- que solo sirve para proyectar sombras sobre la fachada. Detrás: vegetación. Todo lo ...

Las sacras bayaderas imposibles

César Vallejo, en una de sus crónicas publicadas en Trujillo, relata su visita al poeta José María Eguren. La entrevista debió realizarse en los primeros meses de 1918. Vallejo no había publicado Los Heraldos negros y Eguren ya respiraba el reconocimiento que se le hacía tardío. La cita de este encuentro fue en la casa de Eguren, en Barranco. Por lo descrito, al parecer les costaba a ambos ocultar el entusiasmo por ser entrevistador y entrevistado. Pero Vallejo no fue a verlo solo como periodista. Fue como un poeta en busca de lecciones del maestro. Y esto, claro, halagaba a Eguren. Vallejo se acercaba a los 26 y Eguren a los 44 –aunque el cronista afirme que el poeta tenía, el día del encuentro, 36 años-. En realidad, el renombre de José María Eguren era relativamente reciente. El poeta no lo tuvo nada fácil. Le cuenta a Vallejo: “Al iniciarme, amigos de alguna autoridad en estas cosas me desalentaban siempre. Y yo, como usted comprende, al fin empezaba a creer que me estaba equivoca...

Onetti el Aguador

Con la aparición de la revista Marcha , en Montevideo, Juan Carlos Onetti inició una serie de colaboraciones literarias. Sus primeros textos publicados fueron firmados bajo el seudónimo de Periquito el Aguador y con este nombre insistió sobre todo, entre 1939 y 1941, en dar un remezón a lo que él consideraba una literatura uruguaya tullida, casi inexistente. Su ironía fue tremenda y no dejaba de reclamar una escritura moderna, que diera cuenta de los cambios sensibles en la vida urbana de Montevideo. En una de sus primeras colaboraciones, titulada “Retórica literaria” (28/08/1939), Onetti recuerda una anécdota que él mismo califica de apariencia banal. Nos cuenta que cuando el escritor André Maurois fue admitido en la Academia Francesa un año antes, un periodista le preguntó por el secreto de su éxito. A lo que Maurois respondió: “Muy simple. Yo he durado”. Onetti se concentra a continuación en la palabra durar . Para él, el sentido que Maurois pretendió dar a su respuesta va más ha...

Línea de tranvía

Hace unos días mi hija Andrea y yo fuimos a la biblioteca del barrio a devolver unos libros. Pudimos haber ido en bicicleta, como nos gusta, pero decidimos tomar el tranvía. Quizás hacía algo de viento, no recuerdo bien. Sí, corría mucho viento. Lo afirmo no porque lo recuerde de pronto, sino porque es lo único que justifica la presencia del polen de primavera en nuestros ojos y gargantas. Para nosotros y nuestras alergias esto no se puede pasar por alto. Llegamos a la estación Peixotto y descendimos del tranvía. Aquí suele haber algo de alboroto puesto que es una zona de liceos y universidades. Solo dimos unos pasos cuando me hija me tomó del brazo con una clara señal para que camináramos más despacio. A pocos pasos de nosotros había dos muchachos de unos quince o dieciséis años. Al principio no los vi bien, porque aún había gente, todos jóvenes, que venía en sentido contrario a nosotros. Creí que mi hija conocía a estos muchachos y que los quería saludar, o simplemente evitarlos. Lue...

La cabeza de San Nicasio

Hace un par de horas que desistí continuar con el paseo por el centro de la ciudad de Reims. Si bien el frío no era extremo -estábamos sobre 5 grados-, al cabo de un momento de andar por las calles me empezó un fuerte dolor de oídos. Por fortuna se trata de una ciudad pequeña y el recorrido lo hice relativamente rápido, a pesar incluso de detenerme a contemplar un viejísimo tiovivo veneciano que persistía en dar giros aunque no hubiera un solo niño sobre sus animales rodeados en un escenario de cartón piedra. Tratando de huir del viento helado volví a entrar en la Catedral. La había visitado la noche anterior con unos amigos, pero esta vez creí que sería el mejor lugar para recalentar mis oídos. Por supuesto, también quería volver a ver las esculturas de San Nicasio. Este mártir cristiano había sido decapitado por los bárbaros. La leyenda dice que se desplazó con su cabeza entre las manos para ir al lugar donde yacería su cuerpo. De esta manera este San N...

Carnets

Diversidad Desde hace casi dos décadas se viene afirmando que la narrativa iberoamericana se caracteriza por su variedad temática, de estilos, de propuestas diversas que ponen en entredicho el hecho mismo de ficcionalizar, que es sobre todo individualista, que defienden o aceptan la hibridez de los géneros, en fin, que es prácticamente inasible apreciarla como un todo, como solía hacerse antiguamente. Dicen que es producto de la globalización, del fin de las ideologías, que la caída del muro de Berlín dejó tantos fragmentos como escritores y tendencias. Yo he dejado de creer en estas afirmaciones. Me parece que la literatura siempre fue así, que siempre fue híbrida, dispersa, rara, y que desde las nociones y cuestionamientos de la modernidad se ha tenido conciencia de ello, pero que la crítica oficial, la especializada en establecer el canon para cada país o continente o lengua, siempre nos ha querido hacer creer que existía una única forma de narrar (la oficial) y que ...