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La voz de Mairena

Esta mañana observo desde la Place du Capitole un cielo celeste, tenue, que se permite algunas nubes que sin duda se desvanecerán en breve. Esta es la plaza más visitada de Toulouse. Me acompaña el escritor argentino Eduardo Berti. La noche anterior habíamos participado en una charla sobre el cuento lationamericano. Luego enfilamos por una de sus calles angostas y nos dirijimos al río Garonne. Seguimos por la rue Pargaminières. Me atrae la arquitectura en la que predominan las fechadas con ladrillo color terracota. Berti me comenta que las calles le recuerdan mucho a España. No es de extrañarse. Muchos españoles se exiliaron en el sur de Francia cuando la guerra civil.
Los hermanos Antonio y Manuel Machado pasaron largas temporadas en Francia. Es más, es sabido que Antonio vivió su exilio francés hasta el final de sus días. Manuel fue distinto. El pudo continuar su vida en España, al parecer debido a unos textos condescendientes a favor de Franco. No se puede afirmar, pero se dice que esto distanció a los hermanos, quienes nunca más volvieron a verse. Sin embargo es seguro que se leían, que se apreciaban en aquellas silenciosas lecturas. Imagino a Manuel leyendo a su hermano Antonio, pero en la voz del heterónimo Juan de Mairena. Hay un texto en el que Mairena habla de un pintor admirable "que ve lo vivo muerto y lo muerto vivo". Dice que este pintor logra que los objetos representados dieran la impresión de que estuviesen a puntar de dar un brinco sobre nosotros, como animales inquietos. Asimismo este pintor atrapa la muerte que los seres vivos llevamos encima. Mairena da en el clavo. Esa es una de las búsquedas del artista: la de esa vida y muerte que no sabemos ver.
La noche anterior, al final de la charla sobre el cuento, se me acercó una mujer. Se presentó como una peruana que me había traído un regalo. La mujer tendría unos cincuenta años. Intentaba ser divertida, pero se percibía cierto nerviosismo. En sus manos sostenía una pequeña bolsa de color azul, de esas que se usan justamente para los regalos. La mujer me dijo que se trataba de algo simbólico. De la bolsa saco un pepino. Se trataba de un pepino peruano, la fruta. Me dijo que este pepino había crecido en su jardín, que había logrado al fin que los pepinos peruanos crecieran en tierras de Toulouse. No era tan redondo como los que uno ve en Perú, este era más bien ovalado, pero el tono amarillo y con pinceladas violetas indiscutiblemente lo revelaban como un pepino peruano. No recuerdo lo que me dijo después esta mujer. Yo me quedé con esta fruta entre las manos, con la impresión de que en cualquier momento saltaría sobre mí.

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