Con la aparición de la revista Marcha,
en Montevideo, Juan Carlos Onetti inició una serie de colaboraciones literarias.
Sus primeros textos publicados fueron firmados bajo el seudónimo de Periquito
el Aguador y con este nombre insistió sobre todo, entre 1939 y 1941, en dar un
remezón a lo que él consideraba una literatura uruguaya tullida, casi
inexistente. Su ironía fue tremenda y no dejaba de reclamar una escritura
moderna, que diera cuenta de los cambios sensibles en la vida urbana de
Montevideo. En una de sus primeras colaboraciones, titulada “Retórica
literaria” (28/08/1939), Onetti recuerda una anécdota que él mismo califica de
apariencia banal. Nos cuenta que cuando el escritor André Maurois fue admitido
en la Academia Francesa un año antes, un periodista le preguntó por el secreto
de su éxito. A lo que Maurois respondió: “Muy simple. Yo he durado”.
Onetti se concentra a continuación en la palabra durar. Para él, el sentido que Maurois pretendió dar a su respuesta
va más hacia la idea de persistir;
pues él nos dice: “Durar frente a un tema, al fragmento de vida que hemos
elegido como materia de nuestro trabajo, hasta extraer, de él o de nosotros, la
esencia única y exacta. Durar frente a la vida, sosteniendo un estado de
espíritu que nada tenga que ver con lo vano e inútil, lo fácil, las peñas
literarias, los mutuos elogios, la hojarasca de mesa de café”. Onetti no
pretendía que esa materia de trabajo, entiéndase Montevideo, sea una
cartografía citadina o un listado de nuevos hábitos urbanos de la primera parte
del siglo XX. Él buscaba extraer la esencia de esos espacios urbanos, que por
entonces no dejaban de serle brumosos. No olvidemos que él acababa de publicar
su novela El pozo. Como sabemos,
luego la urbe y la esencia que fue construyendo tomaron forma en la ciudad de
Santa María.
Su persistencia fue tenaz, imagen contradictoria con la fama de perezoso
que se había ganado y que él mismo se preocupó también en sostener. En su
colaboración “Propósitos de año nuevo” (30/12/1939), nos dice: “El que no
escribe para los amigos o la amada o su honrada familia; el que escribe porque
tiene la necesidad de hacerlo, sólo podrá expresarse con una técnica nueva aún
desconocida.” No pensemos que Onetti, o Periquito el Aguador en este caso, se
encuentra obsesionado en la técnica en tanto artilugio, sino piensa en tanto
una nueva construcción, una sintaxis literaria que se intuye, pero no se
aprehende del todo. En ese sentido, él agrega: “Sólo se trata de buscar hacia
adentro y no hacia afuera, humildemente, con inocencia y cinismo, seguros de
que la verdad tiene que estar en una literatura sin literatura […]”.
Nos puede parecer algo críptico el final de la cita anterior. ¿Qué quiso
decir con que la verdad está en una literatura sin literatura? Me parece que
Onetti se refiere primero a una literatura digamos íntima, que no intimista,
aquella que se construye en el interior, durante el mismo proceso de búsqueda.
Una literatura, en última instancia, que le es propia a cada escritor, que le
es templo y guarida. La otra literatura a la que hace referencia, es la que se
preocupa de lo exterior, la que cobija a los que están preocupados por durar,
en el aspecto temporal del término, y no en persistir. Onetti, qué duda cabe,
él ha durado.
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