Hace unos días mi hija Andrea y yo fuimos a la biblioteca del barrio a devolver unos libros. Pudimos haber ido en bicicleta, como nos gusta, pero decidimos tomar el tranvía. Quizás hacía algo de viento, no recuerdo bien. Sí, corría mucho viento. Lo afirmo no porque lo recuerde de pronto, sino porque es lo único que justifica la presencia del polen de primavera en nuestros ojos y gargantas. Para nosotros y nuestras alergias esto no se puede pasar por alto. Llegamos a la estación Peixotto y descendimos del tranvía. Aquí suele haber algo de alboroto puesto que es una zona de liceos y universidades. Solo dimos unos pasos cuando me hija me tomó del brazo con una clara señal para que camináramos más despacio. A pocos pasos de nosotros había dos muchachos de unos quince o dieciséis años. Al principio no los vi bien, porque aún había gente, todos jóvenes, que venía en sentido contrario a nosotros. Creí que mi hija conocía a estos muchachos y que los quería saludar, o simplemente evitarlos. Luego ellos vinieron en nuestra dirección, pero no hablar con nosotros, pues pasaron por nuestro lado y siguieron de largo. Quise entender de qué se trataba y se lo pregunté a mi hija. Ella me explicó que al bajar del tranvía vio a dos universitarios, sobre la veintena de años, que pasaron junto a nosotros, en sentido contrario. Lo que a ella le llamó la atención fue el parecido entre estos dos universitarios y los colegiales que tuvimos luego delante de nosotros. Ella creyó que se trataba de dos parejas de hermanos, pero lo extraño sucedió cuando ella escuchó a los colegiales. Ellos también habían percibido el increíble parecido con la pareja de universitarios. No eran hermanos ni nada. Eran sus respectivos dobles, prácticamente ellos mismos en edad universitaria. Lo que discutían era si los seguían o no. Uno de ellos parecía dudar, pero el otro fue insistente. “Somos nosotros”. Eso sí lo llegué a escuchar. Cuando pasaron junto a nosotros ya no quedaban muchas personas en la estación. Es lo que suele suceder en las estaciones. Los muchachos reían por lo que seguramente representaba el inicio de una aventura. Los seguimos un poco con la mirada. Ellos avanzaban rápido. Metros más adelante iban sus dobles, o el futuro de ellos mismos. Estas cosas deberían apreciarse con más claridad, pero el polen de primavera nos irritó la vista.
Quisiera escribir en este blog más a menudo, pero no me quiero dejar llevar por los apuros y exigencias que imponen estas nuevas tecnologías. Por eso escribo cuando realmente me vienen muchas ganas de hacerlo. Como ahora, a pesar de lo que me ha sucedido; o, lo digo de una vez, a causa de lo que me ha sucedido. Esta mañana, movido por unas ansias enormes trasladé de un punto a otro unas cajas pesadas, llenas de libros nuevos, que habían llegado a la biblioteca en la que trabajo. Entre muchas novedades, habían llegado los libros del argentino Sergio Chejfec. El entusiasmo, sin embargo, se difuminó cuando me fueron ganando unas intensas punzadas en la muñeca de la mano derecha. Dejé los libros de lado, observando como mi mano poco a poco iba alcanzando otras dimensiones. Accidente de trabajo, me dije, y me fui directo al servicio médico. En efecto, la doctora no hizo más que confirmar que se trataba de un esguince. Una férula por quince días y será historia pasada, es lo que me dijo. Lu...
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