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Las sacras bayaderas imposibles

César Vallejo, en una de sus crónicas publicadas en Trujillo, relata su visita al poeta José María Eguren. La entrevista debió realizarse en los primeros meses de 1918. Vallejo no había publicado Los Heraldos negros y Eguren ya respiraba el reconocimiento que se le hacía tardío. La cita de este encuentro fue en la casa de Eguren, en Barranco. Por lo descrito, al parecer les costaba a ambos ocultar el entusiasmo por ser entrevistador y entrevistado. Pero Vallejo no fue a verlo solo como periodista. Fue como un poeta en busca de lecciones del maestro. Y esto, claro, halagaba a Eguren. Vallejo se acercaba a los 26 y Eguren a los 44 –aunque el cronista afirme que el poeta tenía, el día del encuentro, 36 años-. En realidad, el renombre de José María Eguren era relativamente reciente. El poeta no lo tuvo nada fácil. Le cuenta a Vallejo: “Al iniciarme, amigos de alguna autoridad en estas cosas me desalentaban siempre. Y yo, como usted comprende, al fin empezaba a creer que me estaba equivocando.” Le cuenta también, ya despojado de modestias, que la poesía de Rubén Darío en Perú en realidad no aportaba nada, puesto que él mismo ya había escrito poemas en esa línea, pero que nadie se los quiso publicar a fines del siglo XIX.
Sabemos que el espaldarazo no solo provino del homenaje que le hicieron los de la revista Colónida, bajo la dirección de Abraham Valdelomar, sino que fue Manuel González Prada su principal admirador y difusor. Eguren estuvo agradecido con Prada y así lo expresa en reiterados momentos. Bueno, en realidad el agradecimiento fue otra manera para volver a hablar de su propia poesía y de cómo Prada pudo captar lo que Eguren distingue entre el simbolismo de la frase y el simbolismo del pensamiento y cómo esto último le otorgó singularidad dentro de la poesía en español.
Vallejo escucha atento. Está fascinado; pero ya que de aprendizajes se trataba, envolverse un poco en gloria egureniana lo venía mal. Nos cuenta que Eguren, entre complicidad de poetas, le dice: “Yo y usted tenemos que luchar mucho”. Vallejo se sorprende, sin duda pone cara de poeta de provincia –aunque los capitalinos la saben poner muy bien-. Pero para ese momento del encuentro no hay vuelta atrás: Se saben poetas grandiosos.
Sin embargo, hay una frase elogiosa de Vallejo hacia Eguren que me atrae. Luego de que el joven trujillano lo oyera hablar de literatura, quiere ofrecernos una imagen del poeta y dice de él: “Se me antoja un príncipe oriental que viaja en pos de sacras bayaderas imposibles”. Diríamos que esta frase misma era un producto de la retórica modernista. Y sí, en gran parte lo era. La bayadera era un ballet sumamente popular por entonces. Como su libreto tuvo un origen incierto, muchos escritores y libretistas redactaron sus propias versiones, pero siempre manteniendo como base el argumento de la bailarina hindú, cuya seductora danza –que tenía fines sagrados- fue el motivo de amor de un guerrero, como también el de un poderoso brahmán. Como era de esperarse en estas historias de corte romántico, tuvo un final trágico. Pues bien, que Vallejo lo haya dicho en este contexto, puede verse como un halago superficial; sin embargo esta imagen concentra una nueva actitud hacia el acto creador, que ya los simbolistas venían defendían desde mediados del XIX: la creación es un viaje hacia lo imposible. Y en ese desplazamiento hay un horizonte sinuoso, seductor, la bayadera como una poesía profana, pero que asimismo está envuelta en cadencias sagradas. Hermoso ideal, y quizás más hermoso por imposible.

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