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Largo en boca

Vivir en Burdeos me ha enseñado muchas cosas. De algunas de ellas seguramente no tengo aún una idea clara de lo que se trata, ni su aplicabilidad, pero sabemos que así es el aprendizaje. Por ejemplo, una expresión aprendida y que tengo en la cabeza últimamente es "largo en boca". Esta suele ser empleada por los conocedores del vino -aquí todos son conocedores del vino- para referirse a la permanencia de sabores en la cavidad bucal, aromatizándola luego de ingerir un generoso sorbo de vino.
Lo mismo experimento, debo confesar, luego de pronunciar determinadas palabras. Hay algunas que son rasposas, astringentes, a gusto de barrica vieja. Hay otras más afrutadas, ligeras, o que se volatizan más rápidamente, pero cuyo recuerdo puede ser aún más prolongado en nosotros.
No hace mucho titulé un texto mío "Carnets". El primer comentario que recibí fue que la Real Academia de la Lengua había fijado como norma el uso de la palabra "carné". Por lo que, según este comentarista, yo, alguien que se dice escritor, había incurrido en una falta. Pues no. Esa norma la conozco muy bien. Lo que pasa es que a veces no me da la real gana de seguirla. En "carnet" me gusta la articulación dental de la lengua y el momentáneo retardo del paso del aire. Me da la impresión de que al pronunciarla inicio el tarareo de una canción y que a su vez puedo tomar nota de la melodía. Y no me pasa lo mismo si pronuncio "carné", que me parece cortante, ni siquiera una palabra entera. Además, con mi acento limeño, la tendencia es a acentuar todavía más su nasalidad. Qué desagradable.
En una entrevista a Jorge Luis Borges, realizada en una televisora mexicana, le preguntaron por la lengua española. El afirmó entonces que en muchos aspectos prefería el inglés. En palabras como "lightly", consideraba él que la parte significativa se concentraba en "light", y que eso aumentaba la potencia de la palabra, mientras que en español, su equivalente, "claramente", era una palabra demasiado larga y que dejaba en uno tan solo la parte mecánica de la palabra; es decir, la simplificadora y disonante terminación "-mente".
La lengua española para mí es musical, rítmica, pero también sé que posee palabras a las que provoca hacer unos ajustes. Se podría pensar que estos son caprichos de purista, pero no es así. Esto forma parte del desarrollo de un estilo -de un estilo literario, precisemos-. Es como intentar afinar un instrumento musical, pero luego descubres que es el instrumento quien te afina a ti.

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