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El ojo de James

Leyendo unas crónicas de viaje del escritor Henry James, me sorprendió descubrir que su paso por Burdeos no le dejó mayores comentarios. Su interés se concentró en la cercana ciudad de Angoulême, puesto que tenía muy vivas aún las referencias de este lugar descritas en la novela  Illusions perdues de Balzac. Él quería contrastar las personas y el espacio real ante su vista con los personajes literarios y el espacio imaginado, privilegiando, claro está, lo segundo sobre el primero, porque, como lo dijo él mismo: “ellos son reales, supremamente reales, porque son hijos del gran Balzac, quien les fabricó una realidad artificial infinitamente superior a la realidad vulgar”. Fue por esa razón que finalmente tomó la decisión de observar Angoulême desde la ventana del tren. No necesitaba ver más. La literatura ya había satisfecho su necesidad de mirar.
Este regusto por la observación en Henry James lo podemos detectar tanto en su propia obra de ficción, como en las acotaciones que él hacía a los textos de sus autores preferidos. Para él una buena descripción del ambiente (sin caer en exageraciones) podía contener y sugerir la esencia del misterio de la trama y sus personajes. Entre la correspondencia que James mantuvo con el escritor Robert L. Stevenson vemos que ambos, en medio de bromas e ironías, de lamentos y quejas, también compartieron consejos y críticas para los libros que iban publicando entonces. James, en octubre de 1893, le escribe a su amigo, a propósito de su libro Catriona: “Lo único que me hace falta en su libro es la pincelada de lo visible –éste somete mi vista, mi imaginación visual, a una privación casi dolorosa. La imaginación auditiva es, por así decirlo, colmada al extremo y la fuerte audibilidad aparece como una afrenta al deseo frustrado de la mirada. También tengo el sentimiento (hablo por supuesto únicamente desde la perspectiva en la que mi impresión desea ser satisfecha durante la lectura) de encontrarme en presencia de voces en la obscuridad, de voces muy distintas y vivaces, admirables y sonoras –como lo son siempre-, acechantes y perturbadoras, en las que la mirada se encuentra oculta. Lanzo un gemido de protesta cuando, hacia el final por ejemplo, usted transporta a sus personajes de Leyden a Dunkirk en una o dos líneas, sin hacer una mínima alusión al vasto paisaje que presentan los caminos del siglo XVIII.” Meses después, en diciembre, James recibe la respuesta de Stevenson. Este le dice: “Su entusiasmo hacia Catriona me place y, todavía más, la sutileza y la verdad de sus atingencias sobre la ausencia del sentido visual en este libro. […] Yo escucho a la gente hablar y yo la siento actuar. Me parece que la ficción es esto. Mis dos objetivos pueden ser descritos así: 1. guerra al adjetivo, 2. muerte al nervio óptico.”

La imaginación visual frente a la imaginación auditiva. Dos formas de creación literaria que ambos se esforzaron en defender y potenciar dentro de una particular estética narrativa que llevaron adelante. Es obvio que la primera ha calado más hondo como enseñanza entre los escritores del siglo XX y XXI. Sin embargo, considero que el ojo de James, si bien muy alerta, bien podría también alternar con el oído de Stevenson. Por ejemplo, en otra carta, fechada en octubre de 1887, Henry James le cuenta a Stevenson un hecho no documentado, sólo referido por amigos en común, en el que el protagonista es un joven escritor que decidió colocar su mano izquierda encima del fogón. Según James, el joven fue encontrado desmayado y con la mano calcinada. Al parecer lo habría hecho para castigarse, avergonzado de una acción deshonrosa. Historia para un cuento, sin duda. No obstante, yo estoy seguro de que Stevenson imaginó el tono exacto del grito de este joven antes de perder el sentido. Un grito a la medida de la deshonra. Hasta podemos imaginar imaginándolo.

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