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El lago

Dentro de pocos meses cumpliré diez años de vivir en Burdeos. Como bien se sabe, los números redondos nos atraen y nos espantan en igual medida. Creo que esto se debe más razones ligadas a lo gráfico que a otra cosa. Es como si la forma oval del dígito cero nos representara a nosotros mismos, como si estuviéramos encerrados dentro y nos preguntáramos qué ha pasado en todo este tiempo y, sobre todo, qué pasará luego. Todo este tiempo en Burdeos, creo, va llegando a su fin. Pero antes de afirmarlo -cosa de la que no soy capaz ahora- me ha venido últimamente la pregunta de qué tanto he visto y vivido en esta ciudad. Nunca he creído en las reglas para conocer ciudades que ofrecen algunos escritores. Yo sólo he tratado de seguir viviendo con lo que poseo y preguntándome muchas veces de qué modo veo esta ciudad.
El domingo último un amigo nos invitó a almorzar en su casa. Se trata de un hombre bastante mayor, un antiguo profesor de escultura, ahora jubilado. Su reciente viudez lo agobia -yo no conocí a su esposa- e intenta ocupar sus horas en el taller de grabado de mi esposa y en construir muebles en madera para sus amigos. Vive en Lormont, que está al otro lado del río Garona. Pudimos haber ido a su casa en tranvía o autobús, pero hace poco tiempo han instaurado un servicio de transporte fluvial bastante agradable. En unos veinte minutos nos trasladan en una pequeña embarcación que atraviesa el río y nos lleva a su última parada. En esta época del año, en la que el invierno se instala, el viento que recibíamos nos obligó a cubrirnos un poco más.
Nuestro amigo vive en el casco antiguo de Lormont, casi una provincia en la periferia de la ciudad. La comida fue muy agradable y tradicional, propia del sudoeste de Francia: pato confitado con papas al horno. Luego del café el anfitrión nos mostró su casa y nos habló de su familia. Nos habló primero de su mujer, pero abandonó rápido ese tema. Nos aclaró que él no era de la región, que había nacido en el norte del país, pero que con el tiempo se había acostumbrado a Burdeos. Recuerdo que esto lo dijo mientras nos mostraba las herramientas de su taller. Era complicado prestarle atención porque notamos que había arañas por todas partes. Nuestro amigo nos dijo que era lo mejor para evitar otros insectos que suelen consumir la madera. El ya había aprendido a convivir con las arañas. En otra de las piezas le pregunté por uno de los muebles, un armario con múltiples y pequeños cajones. Me dijo que lo había hecho su padre, quien había sido carpintero. Hice el comentario habitual de la herencia de los oficios y talentos, pero creo que él no me escuchó. Siguó contándome la historia del mueble y lo bien conservado que lo mantenía. "Sólo le hemos cambiado el color -precisó-. Mi padre era daltónico y mis hermanos y yo crecimos con colores muy extraños." Río al recordarlo. Después nos propuso dar un paseo por una montaña a cinco minutos de su casa. Resultó ser una zona turística llamada L'Hermitage cuyo principal atractivo era la vista que se tenía de la ciudad. También había un enorme y hermoso lago. Lamenté no haber conocido antes este lugar. Mis hijas estaban felices con este paseo. Nos atraía sobre todo el color del lago. Como siempre trato de ampliarle el vocabulario en español a mi hija pequeña, le dije que el lago era color jade. Aunque en francés se escribe igual, la pronunciación es diferente y ella pareció no entenderme. Le pregunté entonces a nuestro amigo cómo se decía el color del lago en francés. Él me respondió: "Marron. Le lac est marron." Mecanicamente llevé la mirada al lago y no me cupo dudas de que lo que yo veía era un lago jade. O quizás no, pensé. Luego nos apresuramos para alcanzar la embarcación que nos llevaría de regreso a casa.

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