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Heridas

Me acabo de hacer un corte en el dedo meñique. Sucedió al pasar la hoja de un libro que vengo leyendo. Como se trata de un libro en gran formato y con muchas fotografías, el papel es muy fino, al parecer lo suficiente para que uno de sus bordes, cual lámina de navaja, dibujara una línea sobre la piel de mi dedo pequeño. 
No estoy en casa. Me encuentro en un café al que he empezado a frecuentar desde hace poco. Está a unos diez minutos pie desde mi casa. Ahora suelo tomar la calle de donde vivo, rue Porte Dijeaux, y camino recto hasta la Place Gambetta. Me gusta atravesar esta plaza en diagonal. En medio tiene un diminuto lago artificial el cual se puede cruzar por un puente de madera igual de diminuto. Cuando llego al otro extremo de la plaza, sigo por la rue Judaïque y dos calles más adelante giro a la derecha, hacia la Place des Martyrs de la Résistance. Dejo atrás todos los comercios consecutivos y a los transeúntes que turistean por el centro de Burdeos. Por aquí sólo vienen los que trabajan o viven en el sector. Y yo entro al Café que está justo al lado de la Basílica Saint-Seurin. Es un local pequeño, tradicional, todo en madera marrón repintada muchas veces y con un amplio espejo al lado de la barra. Es aquí donde me he cortado el dedo.
Como suele suceder con este tipo de cortes, la línea comienza a llenarse sangre a gran velocidad. Pienso que para evitarlo lo mejor es levantar el dedo, pero la idea de tener el dedo meñique en posición horizontal me desanima. Así que levanto toda la mano, como si estuviese a punto de juramentar. De pronto de aparece la camarera para preguntarme qué deseo. "Otro café?", me pregunta. Le digo que no, gracias. Le explico brevemente lo de mi dedo, pero como ella no ve sangre, le resta importancia y se retira.
De niño viví en el jirón Ancash, en Barrios Altos, justo en frente de la Iglesia Buena Muerte, al lado de una plazuela del mismo nombre y de un centro hospitalario de la misma congregación, la de San Camilo. Esta Iglesia tenía un grupo pastoral al cual pertenecí. Bueno, el objetivo era conocer chicas y mis amigos del barrio nos inscribimos. Pero al poco tiempo expulsaron a casi todos los hombres. Eran unos crápulas y descarados con estas chicas. Sólo quedaron dos hombres: Mi amigo Jorge y yo. Ambos teníamos once años. A esa edad no era mucho lo que podríamos hacer rodeados de tantas chicas, pero sin duda nos sentíamos felices. Recuerdo que fuimos a un paseo organizado por uno de los seminaristas. Se trataba de un muchacho muy afeminado y fanático de las canciones de Palito Ortega. La excursión fue a las afueras de Lima, en Chaclacayo. La pasamos muy bien, sobre todo mientras jugábamos al borde del río. Pero ocurrió un accidente. Una de las chicas, Alma, de quien he hablado antes, me pidió que le ayudara a recibir unas botellas que ella había puesto a refrescar en el río. Ella era menuda, de voz suave y, por supuesto, convincente. Creo haber contado antes que ella murió un par de años después. Traté de pisar firme entre las piedras y fui recibiendo una a una las botellas de gaseosa que Alma que me fue alcanzando. Lo que no calculé fue la cantidad de botellas que podría sostener. Por eso no debió sorprenderme que se me deslizara primero una y después otra botella, y todavía una tercera. Como estaba con un traje de baño, mis piernas recibieron con facilidad los vidrios rotos que salieron despedidos como esquirlas luego del impacto de las botellas contra las piedras. Recibí como una docena de cortes, entre superficiales y profundos, que me llenaron de sangre las piernas. Por suerte Aurelio, el seminarista, reaccionó con rapidez y me quitó las otras botellas que yo sin saber aún sostenía. Yo no sentía ningún dolor, pero estaba aterrado por la cantidad de sangre. Con la misma rapidez Aurelio me limpió las heridas y me ató una toalla en el muslo de la pierna izquierda, donde al parecer estaba el corte más profundo. A todos nos quedó claro que la excursión había llegado a su fin. Fuimos todos hasta una farmacia para que revisaran las heridas y no hicieron más que confirmar lo que sabíamos. Había que suturar el muslo izquierdo. En el trayecto mi amigo Jorge dijo algo sobre la responsabilidad de Alma en todo este accidente. No recuerdo sus palabras, pero sí recuerdo que Alma se echó a llorar durante casi todo el trayecto de regreso a Lima. Me hubiera gustado decirle que no llorara, pero yo estaba mudo, no me atrevía a decir nada. Mis padres no estaban en casa, así que el seminarista tuvo que explicarles lo sucedido a mis hermanos mayores. Ellos me preguntaron reiteradamente si era cierta esta historia. Sospecho que en sus mentes se imaginaron una truculenta historia de niños abusados por los seminaristas. Les expliqué que Aurelio siempre había sido un buen hombre y que, lo pienso ahora, actuó de la manera más eficiente ante este accidente. Bueno, finalmente hubo sutura en la sala de emergencias de la clínica enfrente de casa. Me quedó una cicatriz en forma de espada. Con los años, hace más de treinta, creo que se ha ido borrando. No del todo.
Observo la herida en mi dedo y veo que la sangre ha coagulado rápidamente. Antes de bajar la mano me veo ante el espejo. Parezco alguien a punto de realizar un juramento.  

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