Ir al contenido principal

Otras distancias

Unos días en Madrid me dieron la oportunidad de probar mi resistencia bajo 40 grados. Si pasé la prueba fue por los tintos de verano que bebía sin parar y por estar entre buenos amigos. Así no hay quien no soporte estos calores.
Vuelto a Burdeos, de mi maleta saqué un libro de cuentos inéditos que me dio Pedro Pérez del Solar. El es peruano, profesor en Texas y un fanático de los comics. Confieso que he leído otros manuscritos de él hace varios años atrás, pero nada me ha entusiasmado tanto como el que tengo entre manos. Se llama La distancia abstracta. Me gusta por distintas razones. Primero, porque hallé en él un tipo de humor y ternura distinto. Si sólo habló de la narrativa peruana, la mayoría que escritores que pretenden escribir combinar estos elementos lo hacen como Alfredo Bryce. Y creo que para eso nos es suficiente con Bryce, insuperable en su registro. Con los cuentos de Pedro Pérez del Solar penetró en un lenguaje que lo siento más afín al poeta (y ahora también narrador) Lorenzo Helguero. Un humor que surge de un espacio que nos es tan cotidiano, tan real, tan cargado de referentes absurdos, que, paradójicamente, nos hace ver que nuestra realidad puede ser una total locura.
Mientras leía, me encantó vivir en medio de esa realidad disparatada. Pero no es sólo eso, también es un espacio de tensión, al que respondemos con una sonrisa nerviosa.
Desde el primer cuento, “El hombre bala”, entramos en un mundo de circo, pero de nuestros alicaídos, patéticos circos de barrio, en el que el público exige a rabiar las maravillas. Allí, un personaje recuerda las antiguas giras de la Peña Ferrando, algo tan peruano, podríamos decir. Y leí:
Siempre llevaba en la memoria, como lema secreto, los versos que oyó noche a noche repetir a Carvajal, el sufrido poeta de la Peña. “Largarse por ahí, entre las olas, en el peligro, en el mar. ¡Ir, ir, ir, ir con todo!” (“¡Vete, pues, conchatumadre!” –añadía Ferrando para darle sentido a tanta parrafada y confirmar a los asistentes que todo aquello no podía ser sino broma).

Pero no, no es una broma. Es la realidad de ese personaje y la realidad que signa a todos los personajes de este libro. Su lema secreto. Claro, siempre está el riesgo de que un Ferrando te pretenda decir que la realidad no es así.
Por fortuna el libro de Pérez del Solar se mantiene firme y nos ofrece cuentos notables como “Dos”, “Calígula”, “El acto”, Barca sobre el Rímac”, “Desayuno en Binghmanton” y, mi favorito, “Un besito”. Todos ellos me han permitido ver otra Lima, conocer y reconocer nuevos espacios, sus habitantes, (ladrones, bailarinas de cabaret, empleados, etc.); gentes que podríamos llamar común y corriente, en lugares donde lo común y lo corriente son simplemente otra cosa. Allí, uno está dispuesto a ir, ir con todo.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

¿Quién es más grande que Monterroso?

En un terrible afán, propio de estos tiempos, muchos escritores de microficción se suman a la competencia (no a la de ser competentes , sino más próximos a los caballos en los hipódromos). El objetivo: quién escribe el microrrelato más corto (se entiende que ingenioso, bueno, perfecto, la suma y resta de todos los escritos anteriormente). Competencia y meta absurdas, sin lugar a dudas. Debería de quedarnos bien en claro que nadie puede ser más pequeño que el dinosaurio ni más grande que Monterroso.

Pericote

En el aeropuerto de Schiphol, en Holanda, uno de los más modernos del mundo, me acabo de cruzar con un pericote. Es muy pequeño. Tengo la impresión de que no tiene muchos días de nacido. No parece saber a dónde ir ni cómo conseguir alimento. No es que se sienta aterrado. Casi no hay gente por este lado del aeropuerto. Son casi las cinco de la mañana. El pericote va de un lado al otro, como si dudara de su trayecto, y vuelve al punto inicial desde donde lo vi aparecer. Me hace acordar la época en la que yo frisaba los veinte años. Era diciembre y mi madre había atrapado una rata. Ella estaba tranquila, pues no quería que la navidad nos atrapara con semejante roedor. Sin embargo, unos chillidos dentro de la caja de adornos navideños nos reveló que la rata nos había dejado algo. Recuerdo que la tarde había caído y mi madre me pidió que la ayudara a deshacernos de los pericotes que seguramente se hallaban dentro de la caja. En esa época yo aún era estudiante de ingeniería, pero en mi ca...

La mano

Quisiera escribir en este blog más a menudo, pero no me quiero dejar llevar por los apuros y exigencias que imponen estas nuevas tecnologías. Por eso escribo cuando realmente me vienen muchas ganas de hacerlo. Como ahora, a pesar de lo que me ha sucedido; o, lo digo de una vez, a causa de lo que me ha sucedido. Esta mañana, movido por unas ansias enormes trasladé de un punto a otro unas cajas pesadas, llenas de libros nuevos, que habían llegado a la biblioteca en la que trabajo. Entre muchas novedades, habían llegado los libros del argentino Sergio Chejfec. El entusiasmo, sin embargo, se difuminó cuando me fueron ganando unas intensas punzadas en la muñeca de la mano derecha. Dejé los libros de lado, observando como mi mano poco a poco iba alcanzando otras dimensiones. Accidente de trabajo, me dije, y me fui directo al servicio médico. En efecto, la doctora no hizo más que confirmar que se trataba de un esguince. Una férula por quince días y será historia pasada, es lo que me dijo. Lu...