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El futuro no es nuestro... ¿y el presente? (III)

Espero que no haya celos de parte de nadie, pero me atrevería a decir que la narrativa escrita por mujeres en los últimos años es mucho más atrevida, experimental, liberada, que la escrita por hombres. Ya lo venía pensando hace un tiempo y lo vengo a corroborar con la lectura de los cuentos seleccionados en El futuro no es nuestro. Si hablamos sólo de la poesía y la prosa escrita en español, no es novedad para nadie que las mujeres han tenido que lidiar bastante para dar legitimidad a sus escritos, y para legitimarse a ellas mismas a través de sus escritos. Por supuesto, a veces estos afanes reivindicatorios jugaban un papel en contra de su propia escritura y las propuestas estéticas eran dejadas de lado en busca de una afirmación tanto en lo individual como en lo colectivo. Ello las ha llevado por mucho tiempo, sostengo, a un combate desigual, sin embargo es justamente a partir de este doble esfuerzo que han afianzado sus recursos poéticos y narrativos. Abocadas a esa tarea, el espectáculo del éxito y de la sobre exposición en los medios, tener una identidad pública, no era, ni creo que les sea, prioritario. En ese sentido, resueltas estas egolatrías, no dependen ni confían más que en su escritura. Sospecho que para ellas la literatura es mucho más que una carrera de escritores. Y digo carrera entendiéndola como competición y oficio.
De allí mi grata lectura al descubrir una variedad temática, verbal, proyección y riesgo en los cuentos leídos. Claro que el tema del cuerpo y la marginación femenina continúa, pero con enfoques nuevos, sin caer en denuncias triviales. En esta línea encontré a Yolanda Arroyo Pizarro, Lina Meruane, María del Carmen Pérez Cuadra, Fernanda Trías, Giovanna Rivero, Gabriela Bejerman; todas ellas con un pleno manejo de su escritura. Y los cuentos que más me entusiasmaron de este grupo fueron los de Pilar Quintana y Andrea Jeftanovic. El cuento Violación de Quintana me pareció magistral, un cuento verdaderamente calibrado y del cual se podrían plantear muchas interrogantes. Otro eje en la narrativa de estas escritoras es poner en crisis la escritura misma, problematizar la realidad y la ficción. Es lógico y saludable que no encuentren respuestas, pues saben que su arte está en la construcción. Esto es lo que hallé en Ariadna Vásquez, Vivian Abenshushan y Ena Lucía Portela. Evidentemente, estas distinciones que hago no pretenden reducir los méritos y complejidad de cada cuento. Sólo destaco algunos rasgos. Como podría hacer si me refiero al lenguaje cercano a la crónica que encontré en Eunice Shade, Nona Fernández S., Margarita Posada Jaramillo y Carolina Sanín. Una prosa depurada y funcional, pero pienso que en el caso de esta última, su lenguaje va todavía más allá de lo que creemos avistar. También hay cuentos, la mayoría, en verdad, que deslumbran por apego hacia lo sensorial. Estos cuentos, todos los sentidos son privilegiados. Lo destaco en Mariana Enriquez y, en especial, en Inés Bortagaray. Su cuento A la mesa me inquietó; en el veo la conjunción de todas las distinciones que hice anteriormente. Una escritora con esa fuerza merece ser seguida.

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