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Olor a puta

Navegando por Internet, leyendo algunas revistas, visitando blogs de amigos (y de los otros también), llegué al blog de una prolífica y entusiasta poeta y comunicadora social: Josefina Barrón. En su blog me atrajo el título de uno de su post (en realidad son tres) bajo el título de “Bendito sea el burdel”. Confieso que me he reído muchísimo. En estos textos ella, con una franqueza y desparpajo destacables, resalta los beneficios de la existencia de los burdeles. Su argumento central para esta defensa es que los maridos estén con putas antes que con amantes. Ella lo dice mejor, sin duda. Por supuesto, destaca la importancia de las putas y trata de justificar la labor de ellas a causa de los problemas económicos que padecen. En algún momento destaca que son madres. Con ese argumento, no hay manera de condenarlas. Sin embargo, me topé con dos fragmentos en la que toda su solidaridad femenina con las putas se va al diablo. Primero dice:

pues es la puta no una mujer sino una muñeca inflable e infalible: tiene un coño, un culo, un par de tetas, y eso debe bastar”.

Me imagino que las putas del gremio, y las independientes, no estarían de acuerdo con esta afirmación. Por otro lado, si las putas sólo fueran muñecas inflables, no existirían las muñecas inflables.
Cuando era niño y adolescente me tocó ser vecino de putas y ser amigos de sus hijos. Eso: mis amigos eran unos hijos de puta. Y lo fueron tanto en el sentido literal como el otro, pues desarrollaron una violencia contra los demás proporcional a su vergüenza. Me gustaría precisar que estas putas y sus hijos no fueron exactamente iguales a las épocas en las que me tocó conocerlos. De niño crecí en Barrios Altos, en pleno casco urbano, y junto a nuestro edificio (de recientes empleados públicos y privados de los años sesenta), había un callejón de un solo caño que se desmoronaba de viejo. Allí vivían tres hermanas, todas putas. Eran mujeres realmente horribles y sus clientes sólo eran los borrachines que deambulaban alrededor del Mercado Central. Y sus hijos, bueno, jugábamos con ellos, pero a veces, sin aparente razón, nos agarraban a patadas. A los que conocí en mi adolescencia fueron distintos. Yo me había mudado entre Lima y Callao. Y a sólo unas casa de la mía, se hallaba unas de las casa más modernas de la urbanización, donde se veían los mejores carros y cuyas propietarias eran unas señoras putas. Ya no eran jóvenes, pero conservaban belleza. Sus hijos tenían motocicletas y eran amables con todos. Salvo uno de ellos, para no desmerecer la tradición de hijo de puta. Por esos años no había padre ni hijo que no hubiera querido visitarlas en sus burdeles (éstas llegaron a regentar uno).
Con todo esto quiero decir que no puedo ver a las putas así como así. Y sobre ello ya he escrito algo en un par de libro de ficción. Por ello es que no pude evitar reír cuando luego leí que Josefina Barrón decía:

Siempre oleremos más rico que ellas. Siempre querrán besarnos. Siempre querrán casarse con nosotras”.

Qué les puedo decir: ahora las chicas escort, o chicas de compañía o putas de alto vuelo, como se quiera llamarlas, tienen mejor gustos con los perfumes y sus besos son aclamados. Y, por último, tengo amigos bien casados con ellas y contentos de criar a sus hijos de puta.

Comentarios

Anónimo dijo…
Pero es que también entre las putas hay distinciones sociales, ¿no? Esas putas que mencionas al final de tu artículo, son putas del primer mundo, donde la prostitución precisamente pierde sus contornos y se convierte en un fenómeno vago, moviéndose curiosamente entre lo legal y lo ilegal, el espectáculo del strip tease y el coito remunerado, la compañía que apantalla y el sexo por contrato. Este sí es el mundo de los perfumes caros, de los gustos aparentemente sofisticados, de la vulgaridad escondida entre oropeles. ¿Existe este tipo de prostitución en el Perú actualmente? No lo sé. En los tiempos en que un viejo amigo del Leoncio Prado me llevaba de la mano por la Colonial, me topé con un mundo de prostíbulos tristes y espantosos; La flecha verde, El botecito, eran como barcos viejos poblados por fantasmas miserables. Cuántos clientes abrumados no han paseado por allí sus anhelantes premuras, para luego, con un terrible sentimiento de culpa, precipitarse a los brazos de la novia virgen o la esposa digna y sacrificada.

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