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Entradas

Campo de saltamontes

La semana pasada visité a unos amigos que viven en el campo. En el caso de esta región es sumamente fácil abandonar los edificios, las calles y todo el ruido de la ciudad y, a sólo veinte minutos o menos, encontrarse en medio de árboles, montañas y extensos terrenos de cultivo. Hay gente, mucha gente, que en los últimos años ha optado por comprarse una casa en el campo e ir en su automóvil a su trabajo, en cualquier conglomerado urbano que lo rodee. Claro, también están los que, negándose a las facilidades de esos veinte minutos de distancia, o se quedan en la ciudad o en medio de los árboles. A mí, aunque me guste el campo, no puedo negar que soy un hombre de ciudad. Y es por ello que las raras veces que me alejo de casa y me dirijo a las montañas vea todo de un modo nuevo para mí y me maraville de lo que es cotidiano para esta gente. En casa de mis amigos la pasé estupendamente. Tienen no un jardín, sino un extenso terreno de hierbas y árboles. Lo primero que hice des...

Las maravillas

Acabo de cruzarme en la calle Porte Dijeaux con un par de ancianas, diría yo cercanas a los ochenta años, tomadas del brazo y vestidas como niñas. Ambas tenían cabellera larga en unas primorosas y bien enlazadas trenzas que caían a cada lado de sus mejillas. El color de sus cabellos era del gris cenizo en una y de un rubio decolorado la otra. Llevaban zapatos bajos de charol, blancos, y unas medias rosadas hasta la rodilla. Una, la del cabello cenizo, llevaba una falda plisada de color fucsia, mientras que su compañera portaba una falda campana, verde. Sus blusas eran verde limón y de cuello circular. No estaban maquilladas. La verdad, no pude evitar seguirlas. No es algo que vea todos los días. Aunque esta mañana ya había algunas cosas fuera de lo común. Como la de un joven ciego que al parecer necesitaba ayuda. Cuando me aproxime a unos cuantos metros, ya estaban muy cerca de él dos policías y una mujer. Hasta aquí nada de extraordinario. Salvo que lo volvía a ver tres ...

LA MEMORIA EMPOLVÁNDOSE EN HABITACIONES

Hace unos días recibí un mensaje de un joven escritor mexicano, quien se presentó contándome que en la Feria de Libro de Guadalajara, en un stand para libros peruanos, encontró mi libro Habitaciones. Lo compró por pura curiosidad, me dice. Y fue muy amable, no sólo por su lectura, sino porque incluso escribió una reseña a mi libro, que este 2013 cumplió 20 años de publicado. Me siento halagado, no lo niego, pero también agradecido, y me confirma que el gesto de un solo lector puede ser suficiente para saber que no estamos tan solitarios en este oficio. Aquí les dejo la reseña, y va un abrazo para Darío Zalapa. LA MEMORIA EMPOLVÁNDOSE EN HABITACIONES Darío Zalapa Solorio La habitación, vista como uno de los espacios más íntimos en los que nos resguardamos del mundo, conserva para sí los secretos que atestigua, aquello que nos ve hacer a solas, o con la más urgente compañía, y que nunca haríamos en otro sitio. Ricardo Sumalavia, en el que fue su primer libro de relatos, logra...

Divina voz

En esta tarde de julio vivo en la calle de la Porte Dijeaux, en el centro de Burdeos, en el número 25. Ocupo una tercera planta en el que sus seis balcones me ofrecen una admirable luminosidad en el interior y una vista a la calle muy particular. Digo particular porque puedo observar a los transeúntes casi como un dios otea a sus criaturas. La calle, sin ser demasiado angosta, lo es lo suficiente como para que los paseantes se concentren en la ruta peatonal o en las vitrinas y escaparates de los comercios aledaños. Esto hace que pocos levanten la mirada hasta la altura del balcón desde donde yo los observo. Si veo algún amigo caminando por mi calle, lo que más me divierte es esperarlos a que se aproximen y mirarlos desde un ángulo perpendicular para luego llamarlos a voz en cuello. Ellos se desconciertan. Escuchan mi voz desde muy cerca, pero su primera reacción es mirar a los lados, nunca hacia arriba. Yo vuelvo a repetir sus nombres y ellos vuelta a girar en torno de sí, casi ...

Lost in Praga

Hace algunos años me perdí en una ciudad que siempre quise conocer: Praga. Debo decir que el primer interés nada tuvo que ver con la literatura. O eso creía yo.  De niño, mi abuela materna alguna vez me dijo que ella tenía un santo, virgen, Jesús o patrón para cada uno de sus nietos. El mío, nunca me lo supo explicar por qué, era el Niño Jesús de Praga. Luego se sumaron otras razones. Iría a la tierra de Kafka, vería El Castillo, y estaría en territorio de Sergio Pitol. Y se sumaba un motivo más: vería, al menos de lejos, a Enrique Vila Matas. Esta historia la pude haber contado antes, pero si hasta ahora no lo hice, fue por pura vergüenza.  No sé cómo, pero el embajador peruano en Praga había logrado colar a una comitiva de escritores peruanos a la Feria del Libro, cuando en realidad el país invitado era España. Al día siguiente de nuestra llegada, y antes de que la comitiva peruana interviniera aquella tarde, el embajador nos invitó a almorzar en su residenc...

CulturAmérica y Ana María Shua

Dentro del marco del ya tradicional y ampliamente conocido Festival CULTURAMERICA, que se realiza todos los años en la ciudad de Pau, Francia, se realizó esta entrevista a cargo de Ricardo Sumalavia a la escritora argentina Ana María Shua. El concepto es atrapar a un escritor y ser entrevistado en un formato artesanal, como un smartphone y, sobre todo, disfrutar de una buena charla.

Río quieto

Ahora que empiezo a escribir este texto, estoy sentado en un banco, a unos pasos del Ródano, en Ginebra, viendo avanzar las aguas del río. Sentado aquí no me fue difícil recordar que Jorge Luis Borges incluyó en su conjunto de cuentos El libro de arena , uno titulado El otro . De hecho es el primera de esta colección. En este cuento Borges está igualmente sentado en un banco, contemplando el río Charles, durante su estancia en Cambridge. Este Borges bordea los ochenta años y, sorprendido en su contemplación -o a causa de ella misma- a otro lado del banco se sienta un joven. Esta presencia a su lado no es otro que un Borges de 18 años, éste último afirma estar en ese mismo instante en Ginebra, en un año que bien podría ser 1918, y que el banco que ocupa está frente al Ródano -quizás donde estoy ahora redactando este texto-. Pero a mi lado no hay nadie. Sólo veo unos patos que se dejan llevar por la fluidez del río. Acaban de pasar unas pocas horas y ya no estoy sentado en...