Las novelas pueden ser clasificadas de muchas maneras. Hoy, para lo que pretendo decir, creo que conviene hablar de las novelas "Moby Dick" y las novelas "El viejo y el mar". Ambas van tras grandes objetivos, pero con estrategias distintas. Las primeras son novelas que plantean, explícita y/o simbólicamente, que hay grandes batallas en la vida, en las que intervienen todas las fuerzas. El segundo grupo de novelas se sostiene en la sutileza de lo cotidiano. Aquí las pequeñas luchas modifican a sus protagonistas de un modo sensible y trascendente. Es en este grupo que incluyo a Los abismos, novela de Pilar Quintana. Algunos lectores, me incluyo entre ellos, podrían creer al principio que no sucede nada complejo porque vemos una familia en trances de infidelidad, depresiones que son ocultadas con eufemismos y constantes postergaciones a los anhelos de las mujeres. Es decir, nada que no hayamos vivido y visto en nuestras familias. Y allí reside el golpe certero de esta novela. Con la mayor de las sutilezas te va abriendo los ojos y te enrostra lo que habías normalizado, lo que ya no veías o no querías ver. Por supuesto, hay lectores que tienen los ojos muy abiertos desde la primera línea y muestran empatía con la familia de la narradora, Claudia, y con ella misma, una niña que va descubriendo los dolores y las frustraciones insondables de su madre, pero también de muchas mujeres de su familia, de las mujeres de su entorno, de las mujeres del jet set que habíamos idealizado en las pantallas y las revistas. Este libro podríamos asumirlo también como una novela de aprendizaje. Claudia ama, admira y quiere ser como su madre, bella como su madre, pero luego, poco a poco, va descubriendo, sin poder comprenderlo del todo, que esa posibilidad de vida como mujer es y será una amenaza, un abismo en plena selva que la está esperando.
Hace un par de horas que desistí continuar con el paseo por el centro de la ciudad de Reims. Si bien el frío no era extremo -estábamos sobre 5 grados-, al cabo de un momento de andar por las calles me empezó un fuerte dolor de oídos. Por fortuna se trata de una ciudad pequeña y el recorrido lo hice relativamente rápido, a pesar incluso de detenerme a contemplar un viejísimo tiovivo veneciano que persistía en dar giros aunque no hubiera un solo niño sobre sus animales rodeados en un escenario de cartón piedra. Tratando de huir del viento helado volví a entrar en la Catedral. La había visitado la noche anterior con unos amigos, pero esta vez creí que sería el mejor lugar para recalentar mis oídos. Por supuesto, también quería volver a ver las esculturas de San Nicasio. Este mártir cristiano había sido decapitado por los bárbaros. La leyenda dice que se desplazó con su cabeza entre las manos para ir al lugar donde yacería su cuerpo. De esta manera este San N...

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