Hace unos días recibí un mensaje de un joven escritor mexicano, quien se presentó contándome que en la Feria de Libro de Guadalajara, en un stand para libros peruanos, encontró mi libro Habitaciones. Lo compró por pura curiosidad, me dice. Y fue muy amable, no sólo por su lectura, sino porque incluso escribió una reseña a mi libro, que este 2013 cumplió 20 años de publicado. Me siento halagado, no lo niego, pero también agradecido, y me confirma que el gesto de un solo lector puede ser suficiente para saber que no estamos tan solitarios en este oficio. Aquí les dejo la reseña, y va un abrazo para Darío Zalapa.
LA MEMORIA EMPOLVÁNDOSE EN HABITACIONES
Darío Zalapa Solorio
LA MEMORIA EMPOLVÁNDOSE EN HABITACIONES
Darío Zalapa Solorio
La
habitación, vista como uno de los espacios más íntimos en los que nos
resguardamos del mundo, conserva para sí los secretos que atestigua, aquello
que nos ve hacer a solas, o con la más urgente compañía, y que nunca haríamos
en otro sitio. Ricardo Sumalavia, en el que fue su primer libro de relatos,
logra transferir la complicidad de este espacio a las situaciones fugaces que
presenta en cada historia. Habitaciones
(Estruendo mudo, 2005), como todo buen libro de cuentos, o al menos como los
que se jacten de serlo, teje un hilo casi imperceptible que corre entre las
historias, logrando mantener una unidad que recae en la temática, pero que
también se hace presente de manera lenta y agradable, en secreto, a oscuras,
como el rastro que dejamos al deambular por nuestra habitación.
Sumalavia se aventura en terrenos peligrosos: el
cuento experimental, vanguardista, puesto sobre la mesa para ser desmenuzado.
Historias breves en extensión pero profundas en cada acción; relatos mínimos
cuyas estructuras vagan entre la prosa poética, el verso libre y la
minificción. Siendo consecuente, opta por una narración rápida, casi sin
pausas, que ofrece la posibilidad de leer Habitaciones
de la misma manera en que se desarrollan sus historias: cortísimos instantes en
los que los personajes viajan entre sus recuerdos: la fotografía de unos
desconocidos, la última charla con los camaradas, las primeras escapadas
infantiles, las amistades truncadas, el amor fugaz.
Como aclaración temprana, se debe acotar que éste
puede ser un pésimo libro en los ojos equivocados. Habitaciones no repara en juegos sintácticos ni en imágenes
aventuradas. Aquel lector que guste de una lectura rápida y sin complicaciones,
poco placer encontrará en relatos como “Porque el mar está al otro lado”, donde
una sola frase, en tres momentos diferentes del cuento y ordenada de manera
distinta, sirve para marcar el cambio de narrador y, por ende, para entender
que se trata de tres personas contando la misma anécdota: un amorío adolescente
limitado al juego de miradas al terminar las clases; o como en “Estreno”,
relato a manera de guión teatral donde las acotaciones, propias del género,
forman parte del inconsciente de quienes aparecen en escena; o, y quizá el más
emblemático en este aspecto, en “Del canto que somos testigos”, narración de un
hombre mayor en la que sentencia que su gusto por los hospitales se debe a la
urgencia por fragmentarse, terminando el relato en párrafos regados por las
hojas, siendo cada uno de ellos un recuerdo sin orden, sin cuidado, como la
memoria misma: fragmentada.
Por el contrario, y como muestra de la pluralidad
que alcanza el libro –o Sumalavia como
narrador–, se encuentran también los relatos de estructura convencional: breves
narraciones donde una sola acción alcanza para exponer la psique entera de
quien la enuncia. A “Buenos muchachos”, por ejemplo, le bastan once líneas para
confrontar a dos amigos que están por iniciar un viaje: el que se quiere ir por
el miedo a guardar recuerdos, y el que se quiere quedar por el miedo de perderlos.
“Todos allá, en la plaza”, uno de los mejores del libro, cuenta de manera
lineal la procesión de un pueblo camino al linchamiento de un asesino, mientras
el narrador, íntimo del acusado, busca en su memoria algún recuerdo para
convencerse de que, como lo grita el tumulto, su amigo es quien en verdad
cometió el crimen.
Habitaciones
también podría ser un manual sobre el pasado. Algunos de sus engranes se
encargan de mantenerlo próximo, de acercarnos al miedo que sienten sus
personajes cuando observan cómo empieza a fugarse. En “Lo más cercano a la
noche”, cuento de tres capítulos –pese a la brevedad del mismo–, un hombre liga
sus paseos nocturnos con sus primeras travesuras infantiles, y éstas, a su vez,
con la soledad que le queda luego de que su amante abandona la habitación: tres
momentos de su vida en los que la angustia por encontrarse solo es lo único que
ronda en el aire. Algo similar ocurre en “La sal de las manos”, brevísimo
recuento de la vida de un hombre y su hijo, basado solamente en la inquietud
del pequeño por aprender el oficio del padre cuando descubre que sus manos
saben a sal y el temor que siente el hombre, cuando viejo, al descubrir que sus
dedos son añejos y arrugados y que es ridículo que continúe lamiéndolos.
En definitiva, Habitaciones
ofrece una lectura fresca, sin compromisos, como si se tratara de un juego
infantil. La apuesta que Sumalavia hace al encadenar contenido y forma,
mediante la brevedad y la rapidez, le deja una gran ganancia: logra habitar
cada recoveco vacío en la memoria de sus personajes. Si todo cuento nace de una
premisa, se puede asegurar que las de este libro son los recuerdos que se van
quedando en habitaciones abandonadas, mismos que Sumalavia se encarga de
desempolvar para darles una segunda oportunidad.
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