Ir al contenido principal

Divina voz




En esta tarde de julio vivo en la calle de la Porte Dijeaux, en el centro de Burdeos, en el número 25. Ocupo una tercera planta en el que sus seis balcones me ofrecen una admirable luminosidad en el interior y una vista a la calle muy particular. Digo particular porque puedo observar a los transeúntes casi como un dios otea a sus criaturas. La calle, sin ser demasiado angosta, lo es lo suficiente como para que los paseantes se concentren en la ruta peatonal o en las vitrinas y escaparates de los comercios aledaños. Esto hace que pocos levanten la mirada hasta la altura del balcón desde donde yo los observo. Si veo algún amigo caminando por mi calle, lo que más me divierte es esperarlos a que se aproximen y mirarlos desde un ángulo perpendicular para luego llamarlos a voz en cuello. Ellos se desconciertan. Escuchan mi voz desde muy cerca, pero su primera reacción es mirar a los lados, nunca hacia arriba. Yo vuelvo a repetir sus nombres y ellos vuelta a girar en torno de sí, casi con el malestar de creer que la voz que los llama proviene de ellos mismos. Son sólo unos segundos porque de inmediato les grito: "aquí  arriba". Como estoy exactamente en línea recta sobre ellos, no les es fácil levantar la cabeza y mantenerla alzada por mucho tiempo. La charla dura muy poco, lo que les toma aliviarse de la sorpresa -pienso-, y retoman su paseo. Yo me quedo en silencio, observo un poco más a la gente, y después cierro los ventanales -como hacen los dioses, me imagino-.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

¿Quién es más grande que Monterroso?

En un terrible afán, propio de estos tiempos, muchos escritores de microficción se suman a la competencia (no a la de ser competentes , sino más próximos a los caballos en los hipódromos). El objetivo: quién escribe el microrrelato más corto (se entiende que ingenioso, bueno, perfecto, la suma y resta de todos los escritos anteriormente). Competencia y meta absurdas, sin lugar a dudas. Debería de quedarnos bien en claro que nadie puede ser más pequeño que el dinosaurio ni más grande que Monterroso.

Pericote

En el aeropuerto de Schiphol, en Holanda, uno de los más modernos del mundo, me acabo de cruzar con un pericote. Es muy pequeño. Tengo la impresión de que no tiene muchos días de nacido. No parece saber a dónde ir ni cómo conseguir alimento. No es que se sienta aterrado. Casi no hay gente por este lado del aeropuerto. Son casi las cinco de la mañana. El pericote va de un lado al otro, como si dudara de su trayecto, y vuelve al punto inicial desde donde lo vi aparecer. Me hace acordar la época en la que yo frisaba los veinte años. Era diciembre y mi madre había atrapado una rata. Ella estaba tranquila, pues no quería que la navidad nos atrapara con semejante roedor. Sin embargo, unos chillidos dentro de la caja de adornos navideños nos reveló que la rata nos había dejado algo. Recuerdo que la tarde había caído y mi madre me pidió que la ayudara a deshacernos de los pericotes que seguramente se hallaban dentro de la caja. En esa época yo aún era estudiante de ingeniería, pero en mi ca...

La mano

Quisiera escribir en este blog más a menudo, pero no me quiero dejar llevar por los apuros y exigencias que imponen estas nuevas tecnologías. Por eso escribo cuando realmente me vienen muchas ganas de hacerlo. Como ahora, a pesar de lo que me ha sucedido; o, lo digo de una vez, a causa de lo que me ha sucedido. Esta mañana, movido por unas ansias enormes trasladé de un punto a otro unas cajas pesadas, llenas de libros nuevos, que habían llegado a la biblioteca en la que trabajo. Entre muchas novedades, habían llegado los libros del argentino Sergio Chejfec. El entusiasmo, sin embargo, se difuminó cuando me fueron ganando unas intensas punzadas en la muñeca de la mano derecha. Dejé los libros de lado, observando como mi mano poco a poco iba alcanzando otras dimensiones. Accidente de trabajo, me dije, y me fui directo al servicio médico. En efecto, la doctora no hizo más que confirmar que se trataba de un esguince. Una férula por quince días y será historia pasada, es lo que me dijo. Lu...