En esta tarde de julio vivo en la calle de la Porte Dijeaux, en el
centro de Burdeos, en el número 25. Ocupo una tercera planta en el que sus seis
balcones me ofrecen una admirable luminosidad en el interior y una vista a la
calle muy particular. Digo particular porque puedo observar a los transeúntes
casi como un dios otea a sus criaturas. La calle, sin ser demasiado angosta, lo
es lo suficiente como para que los paseantes se concentren en la ruta peatonal
o en las vitrinas y escaparates de los comercios aledaños. Esto hace que pocos
levanten la mirada hasta la altura del balcón desde donde yo los observo. Si
veo algún amigo caminando por mi calle, lo que más me divierte es esperarlos a
que se aproximen y mirarlos desde un ángulo perpendicular para luego llamarlos
a voz en cuello. Ellos se desconciertan. Escuchan mi voz desde muy cerca, pero
su primera reacción es mirar a los lados, nunca hacia arriba. Yo vuelvo a
repetir sus nombres y ellos vuelta a girar en torno de sí, casi con el malestar
de creer que la voz que los llama proviene de ellos mismos. Son sólo unos
segundos porque de inmediato les grito: "aquí arriba". Como estoy exactamente en línea
recta sobre ellos, no les es fácil levantar la cabeza y mantenerla alzada por
mucho tiempo. La charla dura muy poco, lo que les toma aliviarse de la sorpresa
-pienso-, y retoman su paseo. Yo me quedo en silencio, observo un poco más a la
gente, y después cierro los ventanales -como hacen los dioses, me imagino-.
En un terrible afán, propio de estos tiempos, muchos escritores de microficción se suman a la competencia (no a la de ser competentes , sino más próximos a los caballos en los hipódromos). El objetivo: quién escribe el microrrelato más corto (se entiende que ingenioso, bueno, perfecto, la suma y resta de todos los escritos anteriormente). Competencia y meta absurdas, sin lugar a dudas. Debería de quedarnos bien en claro que nadie puede ser más pequeño que el dinosaurio ni más grande que Monterroso.
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