En esta tarde de julio vivo en la calle de la Porte Dijeaux, en el
centro de Burdeos, en el número 25. Ocupo una tercera planta en el que sus seis
balcones me ofrecen una admirable luminosidad en el interior y una vista a la
calle muy particular. Digo particular porque puedo observar a los transeúntes
casi como un dios otea a sus criaturas. La calle, sin ser demasiado angosta, lo
es lo suficiente como para que los paseantes se concentren en la ruta peatonal
o en las vitrinas y escaparates de los comercios aledaños. Esto hace que pocos
levanten la mirada hasta la altura del balcón desde donde yo los observo. Si
veo algún amigo caminando por mi calle, lo que más me divierte es esperarlos a
que se aproximen y mirarlos desde un ángulo perpendicular para luego llamarlos
a voz en cuello. Ellos se desconciertan. Escuchan mi voz desde muy cerca, pero
su primera reacción es mirar a los lados, nunca hacia arriba. Yo vuelvo a
repetir sus nombres y ellos vuelta a girar en torno de sí, casi con el malestar
de creer que la voz que los llama proviene de ellos mismos. Son sólo unos
segundos porque de inmediato les grito: "aquí arriba". Como estoy exactamente en línea
recta sobre ellos, no les es fácil levantar la cabeza y mantenerla alzada por
mucho tiempo. La charla dura muy poco, lo que les toma aliviarse de la sorpresa
-pienso-, y retoman su paseo. Yo me quedo en silencio, observo un poco más a la
gente, y después cierro los ventanales -como hacen los dioses, me imagino-.
Quisiera escribir en este blog más a menudo, pero no me quiero dejar llevar por los apuros y exigencias que imponen estas nuevas tecnologías. Por eso escribo cuando realmente me vienen muchas ganas de hacerlo. Como ahora, a pesar de lo que me ha sucedido; o, lo digo de una vez, a causa de lo que me ha sucedido. Esta mañana, movido por unas ansias enormes trasladé de un punto a otro unas cajas pesadas, llenas de libros nuevos, que habían llegado a la biblioteca en la que trabajo. Entre muchas novedades, habían llegado los libros del argentino Sergio Chejfec. El entusiasmo, sin embargo, se difuminó cuando me fueron ganando unas intensas punzadas en la muñeca de la mano derecha. Dejé los libros de lado, observando como mi mano poco a poco iba alcanzando otras dimensiones. Accidente de trabajo, me dije, y me fui directo al servicio médico. En efecto, la doctora no hizo más que confirmar que se trataba de un esguince. Una férula por quince días y será historia pasada, es lo que me dijo. Lu...
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