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Río quieto

Ahora que empiezo a escribir este texto, estoy sentado en un banco, a unos pasos del Ródano, en Ginebra, viendo avanzar las aguas del río. Sentado aquí no me fue difícil recordar que Jorge Luis Borges incluyó en su conjunto de cuentos El libro de arena, uno titulado El otro. De hecho es el primera de esta colección. En este cuento Borges está igualmente sentado en un banco, contemplando el río Charles, durante su estancia en Cambridge. Este Borges bordea los ochenta años y, sorprendido en su contemplación -o a causa de ella misma- a otro lado del banco se sienta un joven. Esta presencia a su lado no es otro que un Borges de 18 años, éste último afirma estar en ese mismo instante en Ginebra, en un año que bien podría ser 1918, y que el banco que ocupa está frente al Ródano -quizás donde estoy ahora redactando este texto-. Pero a mi lado no hay nadie. Sólo veo unos patos que se dejan llevar por la fluidez del río.
Acaban de pasar unas pocas horas y ya no estoy sentado en el banco de antes, pero continuo este texto, que de alguna manera es como si me mantuviera aún contemplando el río. He pasado por la librería iberoamericana Albatros, en la calle Humbert, y revisado el cuento de Borges. En él, además de los datos del encuentro, se menciona la dirección de la casa en la que vivió el argentino desde sus catorce años. 17 de la route Malagnou, frente a la iglesia rusa. Ginebra no es tan grande, así que emprendí el camino. Pensé que hallando la iglesia mencionada todo sería más fácil. Pero no fue así. La dirección exactamente enfrente de este lugar no corresponde a la dirección indicada. Hizo falta caminar unos doscientos metros más para hallar la calle y el número 17. La memoria a veces falla, incluso cuando hablamos de la infancia. Si las distancias no fueron exactas, la casa que encontré bien pudo ser la correcta. Ahora era ocupada por los empleados del servicio de cultura y deporte de la municipalidad de Ginebra. Es una casona en medio de un parque, con -nada es coincidencia- varios senderos que llevaban a ella. Nadie me pudo dar razón porque en esta casa había un cartel que reenviaba a los curiosos a otra oficina, algo más alejada.
No puedo negar que me quedé con la duda. Me costaba crear una ligereza en la memoria de Borges. Pero luego, volviendo al cuento, hay algunos momentos en los que se pone a prueba la veracidad de los recuerdos. En un pasaje el anciano Borges rememora sus tardes en la plaza Dubourg. "Dufour", le corrige el joven. Y poco después, este muchacho le pregunta por el estado de su memoria. A lo que Borges responde:
-Suele parecerse al olvido. Pero todavía encuentra lo que le encargan (...)
Luego, entre algunas vueltas que di por la ciudad, me topé con una pequeña plaza llamada Bourg de Four. Me fue quedando claro que este cuento, más allá del tema del doble, o debajo de ella, mostraba también la conciencia sobre la fragilidad de la memoria. Y, en estos casos, sólo nos queda excusarnos con nuestro pasado, que es a quien vamos a traicionar.
Vuelvo al banco en el que estaba sentado. Observo el río y nadie se sienta a mi lado. Bueno, esto no exacto. Un pato sobrevoló y se posó al extremo unos cuantos segundos. Pero ya sabemos que el tiempo es una broma.

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