De mi última visita a Madrid pude traer a
casa muchos libros que quería leer. Los he colocado sobre mi escritorio
siguiendo más o menos un criterio que sé de antemano que no respetaré. Pero
había un libro que tenía premura de leer: El último libro de Guadalupe Nettel.
Su anterior conjunto de cuentos, Pétalos, ya me había cautivado por la
presencia, digamos, de una estética de la mirada; historias en las que los
cuerpos y los sentimientos se distorsionan en plena contemplación. Es decir,
los vemos mejor mientras se están distorsionando. Ahora, con El matrimonio de
los peces rojos (Páginas de espuma, 2013), Nettel da un paso más adelante.
En las cinco historias de este libro la
sutileza se impone, pero de un modo particular. Normalmente estamos
acostumbrados como lectores a que si el narrador nos cuenta la historia, en un
primer o segundo plano, de un objeto, animal, o una anécdota trivial, nosotros
de inmediato establecemos la correspondencia con los personajes principales.
Vemos que la historia, aparentemente banal, es una metáfora de lo que le puede
estar sucediendo a los seres humanos. Este recurso es así y funciona; pero en
Guadalupe Nettel esto no es suficiente. Ella nos anuncia desde el principio que
los animales son el espejo de los hombres y viceversa, y que hay una tradición
literaria que sustenta esta afirmación. Sin embargo, aunque nos pudiera parecer
evidente, esta idea requiere ser profundizada, explorada en sus matices y, por
fin, llevada al límite. Y esto es lo que encontramos en las cinco historias de El
matrimonio de los peces.
El cuento que da nombre al libro nos habla de
una joven pareja que va a tener un niño. Todo parece bien organizado en esta familia
que se va haciendo hasta que, bajo la presencia de unos peces rojos cuya
convivencia entre ellos parece inconcebible desde el principio, sus vidas –la de
los amos- se van minando sin explicación, como si la naturaleza de ciertos
humanos fuera temer la vida en común.
En otra de sus historias, "Guerra en los
basureros", un niño es dejado en casa de sus tíos para que no sea testigo
de la destrucción de la vida conyugal de sus padres. Y una noche, alejándose de
una parte de su familia que no logra entender, descubre que, luego de aplastar
una cucaracha, ha activado una cadena alucinante de insectos combativos. Se
libra entonces una batalla en la que finalmente aprendemos cuan desamparados
podemos estar.
“Felina”, “Hongos” y “La serpiente de Beijín”
son abren también otras puertas a estas experiencias del cuerpo y del instinto.
Los cuentos de este libro son hermosamente desestabilizadores. Varios de sus protagonistas,
especialmente los femeninos, sienten una
instintiva protección hacia sus animales. Y se nos sugiere que éstos hacen lo
mismo con nosotros; desde lo más intuitivo y primario de nuestra naturaleza,
hasta aquellos actos complejos que ni unos ni otros llegamos a entender; como
el famoso personaje cortazariano que experimenta una simbiosis con un axololt. Miramos
y seguimos mirando y nos preguntamos aún de qué lado de las especies estamos.

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