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Campo de saltamontes

La semana pasada visité a unos amigos que viven en el campo. En el caso de esta región es sumamente fácil abandonar los edificios, las calles y todo el ruido de la ciudad y, a sólo veinte minutos o menos, encontrarse en medio de árboles, montañas y extensos terrenos de cultivo. Hay gente, mucha gente, que en los últimos años ha optado por comprarse una casa en el campo e ir en su automóvil a su trabajo, en cualquier conglomerado urbano que lo rodee. Claro, también están los que, negándose a las facilidades de esos veinte minutos de distancia, o se quedan en la ciudad o en medio de los árboles.
A mí, aunque me guste el campo, no puedo negar que soy un hombre de ciudad. Y es por ello que las raras veces que me alejo de casa y me dirijo a las montañas vea todo de un modo nuevo para mí y me maraville de lo que es cotidiano para esta gente.
En casa de mis amigos la pasé estupendamente. Tienen no un jardín, sino un extenso terreno de hierbas y árboles. Lo primero que hice después de la comida del mediodía fue dar una vuelta por ese terreno. Hacía mucho calor, digamos 30 grados. A cada paso vi pequeñas cosillas que, por la luz, las creí hierbas secas que se elevaban por el viento y el movimiento de la maleza. Miré con un poco más de atención y descubrí que no se trataban de hierbas secas, sino de saltamontes que brincaban, seguramente espantados, al mismo ritmo de mis pasos. Me detuve y agaché para verlos mejor y ninguno se movía si yo no lo hacía antes. Intenté tocar a uno de ellos, pero éste dio un solo brinco largo. Llevé mi mano nuevamente al mismo insecto y volvió a saltar, pero esta vez realizó un tramo más corto. Insistí y los saltos eran cada vez breves. Finalmente no brincó y dejó que lo tocara. Esto no significa que se acostumbrara a mí. A lo mejor estaba aterrorizada y se daba por vencido. A lo mejor sólo esperaba la muerte.
Me levanté y continué mi paseo. Nuevamente, y nuevos insectos, saltaron a mi paso. A cada paso se creaba como una nubecilla de puntos grises alrededor de mis pies.
Pienso que esto mismo pude haber vivido en los andes del Perú. En general, no habría mayores diferencias en el escenario de esta anécdota. Sin embargo, sospecho -porque es eso, una sospecha- que ciertos lectores (y escritores que son lectores) desautorizarían lo que acabo de describir porque no nací, ni crecí ni pasé parte de mi vida con aquellos saltamontes peruanos. Decimos, por lo general, que estas reacciones hacia el mundo que acabamos de representar son caducas, que lo urbano y lo rural, si bien son espacios diferenciados, aceptan todas las miradas y que no hay una única representación validada por aquel que a lo mejor nunca se fijo en ese saltamonte. Sin embargo, estas reacciones todavía existen.
Lo cierto es también que cuando retorné del paseo me había acostumbrado a esa nubecilla de insectos.

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