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Mostrando las entradas de 2015

Dos novelas francesas del XXI

Ahora que soy un visitante en Francia y me reencuentro (de otro modo) con calles y amigos, también me reencuentro con libros. En este caso quiero referirme a dos escritores franceses jóvenes, que se encuentran en la veintena, y que al parecer la crítica tiene puesto los ojos sobre ellos (y otros más). Ambos debutaron como novelistas el 2013. Ellos son François-Henry Désérable, cuya primera novela fue "Tu montreras ma tête au peuple" (Mostrarás mi cabeza al pueblo). En este li bro, dividido en diez capítulos, aborda los momentos finales de personajes claves de historia francesa antes de ser llevados a la Plaza de la Revolución para ser guillotinados. Lo interesante es que no se hunde en las viejas retóricas de la novela histórica, sino que ofrece una mirada moderna (de lo que supone ser moderno en el siglo XXI). Que un joven escritor francés revisite su historia en estos días no es una casualidad. Al contrario, está rodeado de causalidades. El otro autor, aún más joven, es C...

La gran novela de Lima / Dispara

Mi vuelta al Perú me ha deparado muchas sorpresas. Muchos cambios en la ciudad, sí; pero muchas otras no solo siguen igual, sino que hasta retroceden. Recuerdo que en los años noventa, para bien o para mal, los jóvenes escritores de entonces creíamos problema zanjado el tema de las literaturas nacionales, el de los compromisos con la realidad y el de las Grandes Novelas de Lima, Buenos Aires, Santiago, etc. Creíamos, un puñado de ellos, que el interés por escribir la novela total -que tanto hemos apreciado como lectores- era agua pasada o, en todo caso, ya no prioritaria. Veo, sin embargo, que en 2015 el grueso de los lectores capitalinos sigue anhelando la Gran Novela de Lima. Creo que otro tanto también los críticos. En el caso de los escritores esto seguramente es compartido por unos y desechado por otros. Yo, que soy un limeño hasta el tuétano, soy de los que no tienen interés por escribir esa novela total que dé cuenta de los mecanismos internos y externos de una ciudad tan compl...

Laberinto

Imaginemos que este laberinto es una línea recta. Normalmente podríamos decir que esto sólo puede suceder dentro un sueño; pero a mí me da lo mismo dónde suceda. El laberinto que observo es un prolongado corredor. Tan largo que no logro divisar con claridad el otro extremo. Es un punto, por supuesto. Un punto iluminado. Me animo a entrar en este lugar con la consciencia de que penetro en un laberinto. Es decir, con la posibilidad de perderme en él. Es lo que pienso al pie de esa línea recta. Pero la curiosidad me acucia y doy los primeros pasos. En ese otro laberinto que es mi memoria aparece un verso de Mario Montalbetti:  "Buscar esconde lo que se busca".  Doy otros pasos y ese corredor es una calle del centro de Lima. Es el jirón Ancash, la cuadra ocho. Es la calle donde pasé mi infancia. Pero de pronto es la calle siguiente, una calle inclinada, cuya ascendiente da directo a la Iglesia Santa Ana. Este laberinto es angosto. Extiendo mis brazos en cruz y puedo rozar con mi...

claridad

Este es el primer domingo soleado aquí en Burdeos. Habíamos pasado varias semanas de cielo gris y una continua racha de lluvias. Salí temprano para hacer algunas compras en uno de los pocos supermercados que abre los domingos. Está a pocas calles de mi casa. Yo llevaba puesta una casa delgada porque a esa hora de la mañana, a pesar del sol, corría un poco de aire frío. Al atravesar la plaza Gambetta vi a una pareja de ancianos sentada en una banca. Él tenía puesto un bonete azul y ella uno rosa. Es algo muy típico sobre todo en esta región, pero para mis ojos sigue siendo pintoresco. El sol les daba de lleno en el rostro. No supe exactamente si tenían los ojos cerrados a causa de los rayos solares, o era por el goce y la placidez que parecían experimentar. Como ellos no me podían ver, aproveché en observarlos unos instantes. A primera vista descubrí que ambos tenían un aire en común, pero no supe determinar por qué. Sin embargo a pocos segundos me di cuenta de que ambos no poseían den...

1972, Burdeos

Hace unos pocos meses me obsesioné con la idea de conseguir y leer un libro del escritor uruguayo Mario Levrero. El libro llevaba por título Burdeos, 1972 . Debo admitir que harté a varios de mis amigos con esta búsqueda. Finalmente logré encontrar un ejemplar en manos de Robert Amutio, un amigo y traductor del español al francés que también vive en esta ciudad. Debido a su oficio es frecuente que los editores y autores le envíen ejemplares por correo postal. Amutio estaba muy ocupado esa semana –y yo también a decir verdad-, pero logré convencerlo para que nos diéramos cita entre la Patinoire y la estación de Policía. Disponíamos solo de diez minutos ya que él debía volver a casa a corregir pruebas y yo tenía una reunión de padres de familia en la escuela de mi hija Andrea. Mi amigo llegó con unos minutos de retraso, pero la espera me dio su recompensa. Traía el libro consigo. Le dije que éste era capital para mí, que podría confirmarme muchas cosas sobre mi escritura y propia vida ...

Primer viaje

Hace pocos días me preguntaron dónde había escrito uno de mis cuentos, el titulado “La ofrenda”. Ese cuento fue publicado el 2001 y formó parte del conjunto Retratos familiares. La versión definitiva fue escrita en Chonan, un pueblo a ochenta kilómetros de Seúl, en Corea del Sur, seguramente el año 98. Esto fue lo que respondí, pero en realidad es una verdad a medias. Su primera versión corresponde a mediados de 1994. Lo recuerdo perfectamente no por la escritura del cuento en sí, sino por las circunstancias que impulsaron a que no lo abandone en el camino, como me venía sucediendo con muchos de los cuentos que escribía por entonces. Un año antes, el 93, había publicado mi primer libro, Habitaciones, un escuálido libro que me había dejado sin otras historias que contar. Yo solía culpar al último cuento de ese libro como responsable de mi bloqueo. En esa historia, “Del canto que somos testigos”, el protagonista y narrador decide iniciar un proceso de fragmentación, el cual...

El pecho de King Kong

Iba en el tranvía en dirección al trabajo. Desde la parada del Gran Teatro normalmente puedo alcanzar algún asiento. El trayecto que hago es corto, digamos que de cuarenta minutos. Suelo leer u observar unas calles que ya conozco de memoria. También tomo notas cuando se me ocurre algo para un cuento. Por ejemplo, en este viaje en particular al que me refiero, levanté la mirada del libro que tenía entre manos y la dirigí hacia una mujer mayor, algo regordeta, que me hizo recordar al rostro del pintor italiano Giorgio De Chirico. A lo mejor es una sobrina o una nieta, pensé. Esto no tendría nada de sorprendente viviendo en Europa. Saqué mi libreta y tomé nota de esto: “encuentro con nieta de Chirico”. Pocos minutos después me desanimé de la idea. Pero dejé la nota tal cual; no me gusta llenar mi libreta de tachaduras. Por otro lado, me dije, es muy común en mí creer ver a personajes que admiro o personas que conozco de mi infancia o juventud limeñas deambulando por Burdeos. Puedo ver, p...

Casa de Alma

Revisando una antología de cuentos serbios, encuentro, naturalmente, un texto de Danilo Kiš . Recordé que hace unos años, creo que hace cuatro o cinco, intenté rastrear su paso por la ciudad de Burdeos. Trabajó como lector de serbio entre 1973 y 1976. Al parecer llegó a esta ciudad a poco de publicar un libro que cerraba una trilogía y una etapa en su labor creativa. Los años pasados en Burdeos seguramente le permitieron la tranquilidad necesaria para escribir Una tumba para Boris Davidovitch , que publicó en 1976. Mi rastreo, sin embargo, se interrumpió apenas comenzado. Creí que la mejor y simple manera de saber dónde, en qué calle había vivido y escrito sus libros, era preguntar en la propia universidad donde ofreció sus cursos de serbio. Fui a la administración, me presenté como lector de español que era entonces, y les expliqué que mi interés por obtener al menos la dirección de este escritor era meramente la de un admirador. Pocos días después recibí un mensaje electrónico en e...

Barra de pan en bicicleta

Después de tomarme un café en el bar que frecuento ciertas tardes, decidí volver a casa, no sin antes comprar una barra de pan en el camino. Una vez en la calle, el frío me obligó de inmediato a cubrirme parte del rostro con la bufanda que he traído de Lima; una bufanda que me regaló mi padre hace unos meses, aunque sospechó que él ya no lo recuerda. A su edad, el presente es un olvido. Caminaba y pensaba que hasta hace poco estos trayectos los hacía en mi vieja bicicleta. Aquélla que me robaron no hace mucho. Durante mucho tiempo yo confiaba en que su terrible aspecto desanimaría a cualquier ladronzuelo. Los frenos estaban desajustados, la catalina desentrada, no tenía cambios, la cadena se salía a cada rato y en plena marcha sonaba como si  fuera a desmembrarse completamentamente. Quién robaría una bicicleta en ese estado? Sobre todo teniendo en cuenta los increíbles modelos de bicicletas modernas que circulan por la ciudad y que dejan atadas por todas partes, a vis...

Mareas

Me desperté plantéandome un pregunta injusta: quería saber qué podría encontrar como elementos comunes entre la ciudad de Lima y Burdeos. Consideré la pregunta injusta puesto que no tendría por qué haberla planteado de ese modo. Sus historias son muy distintas y sus atractivos no pueden atendidos del mismo modo. Sin embargo me respondí: ambas ciudades son atravesadas por un río y tienen el mar próximo. A poco de responderme caí en la cuenta de que en muchos de mis escritos hablo de mares, ríos, lagunas. Últimamente es una de mis obsesiones. Ya me había sucedido antes cuando escribía mi novela Mientras huya el cuerpo. Veía cuchillos y oía historias de apuñalados por todas partes. No me lo podía quitar de la mente. Con mi novela Que la tierra te sea leve, la imagen de una fuente cubierta por la hojarasca otoñal no me abandonó durante todo el proceso de  escritura. Ahora, en muchos de estos textos cortos, las aguas dominan mi imaginario. Hace poco leí -y ya no puedo decir por casualid...