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1972, Burdeos

Hace unos pocos meses me obsesioné con la idea de conseguir y leer un libro del escritor uruguayo Mario Levrero. El libro llevaba por título Burdeos, 1972. Debo admitir que harté a varios de mis amigos con esta búsqueda. Finalmente logré encontrar un ejemplar en manos de Robert Amutio, un amigo y traductor del español al francés que también vive en esta ciudad. Debido a su oficio es frecuente que los editores y autores le envíen ejemplares por correo postal. Amutio estaba muy ocupado esa semana –y yo también a decir verdad-, pero logré convencerlo para que nos diéramos cita entre la Patinoire y la estación de Policía. Disponíamos solo de diez minutos ya que él debía volver a casa a corregir pruebas y yo tenía una reunión de padres de familia en la escuela de mi hija Andrea. Mi amigo llegó con unos minutos de retraso, pero la espera me dio su recompensa. Traía el libro consigo. Le dije que éste era capital para mí, que podría confirmarme muchas cosas sobre mi escritura y propia vida en Burdeos. Estoy seguro que Amutio se lo tomo a broma, pero se lo dije en serio. Al menos eso era lo pensaba al decírselo. Y así se lo fui repitiendo, de una y mil formas, mientras caminábamos hacia la parada de tranvía, en Hotel de Ville. Me hubiera gustado charlar un poco más con él, pero ya mi hija me fustigaba con sus repetidas llamadas al celular, puesto ya tenía tres minutos de retraso.
Originalmente pensé que se trataba de un diario llevado por Mario Levrero durante el año 1972. Pero no es así. Es un diario sí, pero redactado entre el 6 y el 16 de septiembre de 2003, a pedido de un terapeuta que lo atendía por entonces. Durante esos diez días él recordó su brevísima estancia en Burdeos; tan breve como el amor que motivó su viaje a esta ciudad. Ese amor lo trajo aquí, siguiendo a una francesa que conoció en Uruguay. El libro habla de esa mujer, y de la hija de ella, una pequeñuela que le sirvió provisoriamente de ancla en una ciudad con una lógica que no lograba entender del todo y de la que terminó huyendo. Huyendo igualmente de la mujer y la niña, cargado de dolor. Ese libro es el testimonio de un fracaso. Visto así, fue lógico que el terapeuta le pidiera que contara esa historia. Este texto no lo publicó en vida; solo apareció póstumamente, gracias al interés de sus amigos, su hijo y su última mujer.
Novalis dice en alguna parte de su obra que todo recuerdo es el presente. Para Levrero, entonces, escribir sobre ese año, 1972, era vivirlo nuevamente, pero con la ventaja (o con la punzante evidencia más bien) de reflexionar y rumiar sobre ello mientras se escribe y recuerda. Mario Levrero lamenta en varias de las entradas a este diario-memoria no poder ubicar con exactitud el lugar donde pasó aquellos meses bordeleses. Lamenta no haber tenido un mapa ese 1972 (que al parecer tampoco tuvo el 2003, al momento de redactar su diario). Según la descripción que hace de las calles y por los datos que recuerda, él deduce que vivía en un edificio que hacía esquina en una calle del barrio de Saint Michel. Sus referencias principales son el río Garona, la iglesia Saint Michel y una avenida ancha. Libro en mano, un día fui a ese barrio. En realidad, paso a menudo por allí, puesto que mi esposa tiene su taller de grabado en ese barrio, y también porque hacemos compras los fines de semana en el Mercado de Capucins. Por ello y por la disposición que Levrero ofrece en su libro, deduje con cierta facilidad que este autor vivió en un edificio entre la rue des Faures y rue Gensan. Es el único lugar que le permite cierta equidistancia y justeza en sus recuerdos.
Luego de la deducción observé complacido el edificio en piedra, como casi todos los edificios en esta ciudad. No ha sido renovado pero tampoco es vetusto. Ahora sobre todo es una calle atestada de comercios árabes. Una vez contemplado el edificio volví a casa. La obsesión se había disipado momentáneamente. En realidad, lo que me mueve a hacer estas cosas, a buscar datos de escritores que vivieron en Burdeos y dejaron algún testimonio, es cierta insatisfacción que tengo al constatar que no me es suficiente con observar esta ciudad o caminar por sus calles. Como si lo tangible de estos espacios reclamara un complemento que termine de darles forma. Por esta razón requiero que además sus fachadas existan en los libros, que sea también el territorio para la ficción en otros autores. Me gusta inmiscuirme en ese ajeno constructo mental que ellos llaman Burdeos.
Mario Levrero recuerda que desde una de las ventanas laterales de su apartamento podía ver la iglesia Saint Michel. Pero lo que recuerda más vivamente es una pancarta sobre una alta empalizada que invitaba a los paseantes a visitar las catacumbas bajo esta iglesia. No podía evitar observar este anuncio cada mañana. Sin embargo, al parecer nunca quiso visitar estas catacumbas; de haberlo hecho lo hubiera consignado en alguna de las entradas de su diario. Quizás solo le interesaba recordar a los vivos, ese ligero presente.

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