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La gran novela de Lima / Dispara

Mi vuelta al Perú me ha deparado muchas sorpresas. Muchos cambios en la ciudad, sí; pero muchas otras no solo siguen igual, sino que hasta retroceden. Recuerdo que en los años noventa, para bien o para mal, los jóvenes escritores de entonces creíamos problema zanjado el tema de las literaturas nacionales, el de los compromisos con la realidad y el de las Grandes Novelas de Lima, Buenos Aires, Santiago, etc. Creíamos, un puñado de ellos, que el interés por escribir la novela total -que tanto hemos apreciado como lectores- era agua pasada o, en todo caso, ya no prioritaria. Veo, sin embargo, que en 2015 el grueso de los lectores capitalinos sigue anhelando la Gran Novela de Lima. Creo que otro tanto también los críticos. En el caso de los escritores esto seguramente es compartido por unos y desechado por otros. Yo, que soy un limeño hasta el tuétano, soy de los que no tienen interés por escribir esa novela total que dé cuenta de los mecanismos internos y externos de una ciudad tan compleja como es Lima. Es una opción estética. Lima estuvo y estará de alguna manera en mis escritos, pero responder a todos sus cambios no es algo que despierte mi motivación a la hora de ficcionar los espacios donde habitan mis personajes.
En los noventa esto lo discutía con mi amigo Carlos Calderón Fajardo. El sí seguía soñando con escribir esta gran novela de Lima. El respetaba, por supuesto, a los que no teníamos esas intenciones. Yo también respetaba, obviamente, su propuesta. Ambos admirábamos las mismas novelas, pero nuestras lecturas eran distintas, porque nuestras estéticas eran diferentes.
Por esa razón, leer hace poco en un diario capitalino la afirmación categórica del escritor argentino Rodrigo Fresán, hablando de las Grandes Novelas de Argentina –lo mismo para cualquier país- , en la que dice: "Puedo disfrutar de leer Conversación en la Catedral pero si me pones un revólver en la nuca y me dices " escríbela", digo "dispara", no hace más que lanzarme nuevamente a la pregunta sobre lo que quieren leer en estos días los lectores peruanos y qué quieren escribir sus autores. La pregunta se ve acicateada también por la reedición del excelente libro de ensayos de Peter Elmore, Los muros invisibles, en donde se problematiza la apropiación de los espacios urbanos a través de la ficción. Lo mismo puedo citar un recién aparecido artículo de Jeremías Gamboa, Lima imaginada, en el que recuerda las preocupaciones al respeto de Julio Ramón Ribeyro. Gamboa, quien también habla del libro de Elmore y su reflexión sobre la carencia de interés en el proyecto de una gran novela de Lima, dice: “acaso ello se deba a que para muchos de los que escriben en la actualidad, el reto de Ribeyro ya no dice nada en tanto la ciudad ya ha sido conquistada por la literatura, y decirla no es una tarea como un medio para abordar o referir otras cosas." Comparto esta última afirmación de Gamboa, pero creo que no solo es aplicable a los narradores de hoy. Siempre hubo narradores ajenos a estos estímulos totalizadores. ¿Se imaginan a Martín Adán creyendo que estaba escribiendo la Gran Novela de Lima con La casa de cartón? ¿O a Jorge Eduardo Eielson al escribir El cuerpo de Gulia-no? Y así un no muy largo etcétera, pero sí importante. Si les pedían lo contrario, a lo mejor también hubiesen dicho: “dispara”.


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