Iba
en el tranvía en dirección al trabajo. Desde la parada del Gran Teatro
normalmente puedo alcanzar algún asiento. El trayecto que hago es corto,
digamos que de cuarenta minutos. Suelo leer u observar unas calles que ya
conozco de memoria. También tomo notas cuando se me ocurre algo para un cuento.
Por ejemplo, en este viaje en particular al que me refiero, levanté la mirada
del libro que tenía entre manos y la dirigí hacia una mujer mayor, algo
regordeta, que me hizo recordar al rostro del pintor italiano Giorgio De
Chirico. A lo mejor es una sobrina o una nieta, pensé. Esto no tendría nada de
sorprendente viviendo en Europa. Saqué mi libreta y tomé nota de esto:
“encuentro con nieta de Chirico”. Pocos minutos después me desanimé de la idea.
Pero dejé la nota tal cual; no me gusta llenar mi libreta de tachaduras. Por
otro lado, me dije, es muy común en mí creer ver a personajes que admiro o
personas que conozco de mi infancia o juventud limeñas deambulando por Burdeos.
Puedo ver, pongamos el caso, a Alma, una muchachita pálida de mi infancia en
Barrios Altos, abandonando Cours de l’Argonne para enfilar por la rue Clément. Su
nombre, Alma, también aparece consignado en mi libreta y no pienso tacharlo.
Hace
poco leí
los Cuadernos Americanos de Nathaniel
Hawthorne. Esta edición recopila siete cuadernos que este autor americano lleno
de ideas para cuentos y otros textos entre 1835 y 1853. Curiosamente la edición
de esta versión en castellano la hizo el escritor argentino Eduardo Berti, que
ahora también vive en Burdeos. Si enfilo por la misma que calle que tomó Alma,
la rue Clément, puedo llegar a casa de Berti.
Pero yo hablaba de
Hawthorne. Las ideas que se materializaron en sus cuentos o novelas son
estupendas, sin embargo las abandonadas son casi un género aparte. Algo así
como una biblioteca de lo no-escrito. Considero que sería injusto valorar su
obra publicada en vida desconociendo estos cuadernos. O peor aún, considerar
estos cuadernos sólo como accesorios o terreno de laboratorio de su obra. Pero
este es el caso de Hawthorne. Habemos los que, y me incluyo, somos menos
pretenciosos con nuestros cuadernos. Alimentamos textos que merecerán luego
acompañarnos en nuestra cremación. Tampoco es que les reste importancia. Finalmente será cada escritor quien sopese el
valor de sus notas. Por lo que a mí respecta más es lo
que dejo en esbozo, apenas sobreviven unas pocas líneas que intentan configurar
una trama, un personaje o tan solo una imagen. Las razones de estos abandonos
pueden ser muchas. Es obvio que mientras se toma nota o se idea mentalmente ese
amago de relato hay un entusiasmo indescriptible en el escritor. Se convence uno
por unos instantes que solo es cuestión de tiempo, que la historia cobrará
forma con la simple decisión de continuar su escritura. Luego viene el
desánimo, la duda o simplemente se revela que el esbozo fue atroz, como me
sucedió con la sobrina de Chirico. Pero creo que también se da el caso en el
que el escritor, a lo mejor, acepta que esa historia ansiada no era para él, y
que conviene dejarla pasar y que se escabulla entre las calles de esa ciudad
que creemos ser.
Recuerdo
que cuando empecé a escribir mis primeros cuentos, a finales de los años
noventa, me decía que no yo no poseía historias que valieran la pena -Ahora se
diría que es totalmente lo contrario, pero no es así-. Lo cierto es que entonces nada que me entusiasmaba de
mi infancia. Por esa razón fue natural que echara mano a todas las historias familiares.
En esa época no usaba libretas, así que todas las notas eran mentales. Recuerdo
una que quise escribir y nunca lo hice (aunque ahora me asalta la duda, porque
esta historia se la he contado a mis hijas repetidas veces). Se trata de mi tío
Jorge, hermano menor de mi padre. Él había pasado una temporada en los Estados
Unidos, en los años setenta, realizando diferentes oficios para sobrevivir,
siempre con un entusiasmo parejo al disparate de sus anécdotas. Este tío me
había contado muchas historias. No solo a mí en verdad, sino a la familia
entera. En la versión de esta anécdota que recuerdo ahora, mi tío Jorge trabajó
como extra en la película King Kong, el remake de 1976, con Jessica Lange. Él
era uno de los cientos de personas que corrían aterrados por las calles de New
York, tratando de huir del colosal y despechado gorila. En realidad, detrás de
él no hubo King Kong alguno pisándole los talones. Eso lo agregaría en su
montaje imaginario. Sin embargo, y esto creo que lo agrego yo, en la historia
del tío Jorge King Kong es finalmente acribillado -porque eso es lo que
hicieron con el pobre mono enamorado de Jessica Lange- y éste cae sobre el
asfalto a vista de los miles de extras, primero asustados y luego enternecidos
ante su agonía. Mi tío aprovecha el alboroto de la última escena, el descuido
de la producción, y decide treparse sobre el pecho de la bestia, que yacía
tendido en plena calle. Esa es la imagen que retuve para el cuento que no
escribí y que de algún modo también forma parte de mi biblioteca personal: mi
tío parado sobre el pecho de King Kong, mirando los ojos abiertos de la bestia
asesinada. Por mucho tiempo para mí la película terminaba de esa manera.
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