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Barra de pan en bicicleta

Después de tomarme un café en el bar que frecuento ciertas tardes, decidí volver a casa, no sin antes comprar una barra de pan en el camino. Una vez en la calle, el frío me obligó de inmediato a cubrirme parte del rostro con la bufanda que he traído de Lima; una bufanda que me regaló mi padre hace unos meses, aunque sospechó que él ya no lo recuerda. A su edad, el presente es un olvido.
Caminaba y pensaba que hasta hace poco estos trayectos los hacía en mi vieja bicicleta. Aquélla que me robaron no hace mucho. Durante mucho tiempo yo confiaba en que su terrible aspecto desanimaría a cualquier ladronzuelo. Los frenos estaban desajustados, la catalina desentrada, no tenía cambios, la cadena se salía a cada rato y en plena marcha sonaba como si  fuera a desmembrarse completamentamente. Quién robaría una bicicleta en ese estado? Sobre todo teniendo en cuenta los increíbles modelos de bicicletas modernas que circulan por la ciudad y que dejan atadas por todas partes, a vista y apetencia de los ladrones. Y yo solía atar mi bicicleta junto a esas maravillas. Fue mi estrategia disuasoria hasta que un día vine por ella y no la encontré más.
Pero yo no quería hablar de mi bicicleta robada. Debió ser solamente un dato circunstancial en este texto, algo parte de la atmósfera, como la taza de café que acababa de beber, como la barra de pan que deseaba comprar o como la bufanda alrededor de mi cuello. Además, en el momento de este recuerdo yo andaba a pie y no en bicicleta. Todos deberían estar imaginándome en pleno andar, con ese ritmo de sube-y-baja que dicen suelo tener. Sin embargo ahora -que escribo sentado en el sillón marrón de la sala de mi  casa- tengo la impresión de andar por las calles con las manos en el bolsillo, protegiéndome del frío, pero al mismo tiempo me veo sobre mi bicicleta, pedaleando a velocidad moderada, con la bufanda alrededor de mi cuello, una vez más. A eso me resumo en este texto: desde mi quietud veo al hombre que soy yo y que camina con el recuerdo de aquel hombre que también soy yo y que va en bicicleta.
Escribir desde este presente imaginario puede asumirse, no obstante, como una probable prueba de que finalmente, a pie o en bicicleta, llegué a casa. De que a lo mejor compré esa barra de pan a medio camino. De que colgué la bufanda y el abrigo en el perchero, como suelo hacerlo. O de que esa bufanda permanece sobre ese abrigo colgado que ahora apenas contiene la forma de mi cuerpo y quizás algo de mi calor. 

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