Paseando por la librería Mollat, seguramente una de las librerías más impresionantes de Francia, vi un libro que atrajo de inmediato mi atención. Se trataba del Musée Invisible, preparado por Nathaniel Herzberg. Un libro que se anunciaba algo así como “las obras maestras que no se volverán a ver”. Cómo no habría de atraer el interés de los demás. Lo particular de estas obras maestras es que todas ellas han sido robadas o destruidas a lo largo de la historia, y como único testimonio de su existencia sólo quedan algunas fotos de ellas y mucha información sobre el contexto de sus desapariciones. Al final, incluso, hay un breve catálogo de los ladrones de arte más famosos. Uno de ellos, creo que el más joven de la historia, murió al poco de su robo de un fulminante y extraño cáncer de piel.
Quisiera escribir en este blog más a menudo, pero no me quiero dejar llevar por los apuros y exigencias que imponen estas nuevas tecnologías. Por eso escribo cuando realmente me vienen muchas ganas de hacerlo. Como ahora, a pesar de lo que me ha sucedido; o, lo digo de una vez, a causa de lo que me ha sucedido. Esta mañana, movido por unas ansias enormes trasladé de un punto a otro unas cajas pesadas, llenas de libros nuevos, que habían llegado a la biblioteca en la que trabajo. Entre muchas novedades, habían llegado los libros del argentino Sergio Chejfec. El entusiasmo, sin embargo, se difuminó cuando me fueron ganando unas intensas punzadas en la muñeca de la mano derecha. Dejé los libros de lado, observando como mi mano poco a poco iba alcanzando otras dimensiones. Accidente de trabajo, me dije, y me fui directo al servicio médico. En efecto, la doctora no hizo más que confirmar que se trataba de un esguince. Una férula por quince días y será historia pasada, es lo que me dijo. Lu...
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