Paseando por la librería Mollat, seguramente una de las librerías más impresionantes de Francia, vi un libro que atrajo de inmediato mi atención. Se trataba del Musée Invisible, preparado por Nathaniel Herzberg. Un libro que se anunciaba algo así como “las obras maestras que no se volverán a ver”. Cómo no habría de atraer el interés de los demás. Lo particular de estas obras maestras es que todas ellas han sido robadas o destruidas a lo largo de la historia, y como único testimonio de su existencia sólo quedan algunas fotos de ellas y mucha información sobre el contexto de sus desapariciones. Al final, incluso, hay un breve catálogo de los ladrones de arte más famosos. Uno de ellos, creo que el más joven de la historia, murió al poco de su robo de un fulminante y extraño cáncer de piel.
En un terrible afán, propio de estos tiempos, muchos escritores de microficción se suman a la competencia (no a la de ser competentes , sino más próximos a los caballos en los hipódromos). El objetivo: quién escribe el microrrelato más corto (se entiende que ingenioso, bueno, perfecto, la suma y resta de todos los escritos anteriormente). Competencia y meta absurdas, sin lugar a dudas. Debería de quedarnos bien en claro que nadie puede ser más pequeño que el dinosaurio ni más grande que Monterroso.
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