Nunca se nos hubiera ocurrido llamar vientos huracanados a lo que para nosotros, de toda la vida, eran nuestros Vientos de Eliana. Y no era cuestión de ignorancia. Nada de eso. Simplemente que nadie pensó que lo propio de nuestros vientos, tan ligados a la historia de Eliana, pudiera corresponder a un fenómeno común en otras latitudes. Era absurdo siquiera imaginarlo. Con lo que nos costó hacerla nuestra, con lo difícil que fue que ella aceptara representar, y ser, estos vientos. No es poca cosa lo que conseguimos con ella. Claro, todo tiene un coste; y uno tiene que aguardar dentro de este refugio, por días quizás, a que la furia de Eliana termine por aplacarse y nos perdone.
En un terrible afán, propio de estos tiempos, muchos escritores de microficción se suman a la competencia (no a la de ser competentes , sino más próximos a los caballos en los hipódromos). El objetivo: quién escribe el microrrelato más corto (se entiende que ingenioso, bueno, perfecto, la suma y resta de todos los escritos anteriormente). Competencia y meta absurdas, sin lugar a dudas. Debería de quedarnos bien en claro que nadie puede ser más pequeño que el dinosaurio ni más grande que Monterroso.
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