Nunca se nos hubiera ocurrido llamar vientos huracanados a lo que para nosotros, de toda la vida, eran nuestros Vientos de Eliana. Y no era cuestión de ignorancia. Nada de eso. Simplemente que nadie pensó que lo propio de nuestros vientos, tan ligados a la historia de Eliana, pudiera corresponder a un fenómeno común en otras latitudes. Era absurdo siquiera imaginarlo. Con lo que nos costó hacerla nuestra, con lo difícil que fue que ella aceptara representar, y ser, estos vientos. No es poca cosa lo que conseguimos con ella. Claro, todo tiene un coste; y uno tiene que aguardar dentro de este refugio, por días quizás, a que la furia de Eliana termine por aplacarse y nos perdone.
Quisiera escribir en este blog más a menudo, pero no me quiero dejar llevar por los apuros y exigencias que imponen estas nuevas tecnologías. Por eso escribo cuando realmente me vienen muchas ganas de hacerlo. Como ahora, a pesar de lo que me ha sucedido; o, lo digo de una vez, a causa de lo que me ha sucedido. Esta mañana, movido por unas ansias enormes trasladé de un punto a otro unas cajas pesadas, llenas de libros nuevos, que habían llegado a la biblioteca en la que trabajo. Entre muchas novedades, habían llegado los libros del argentino Sergio Chejfec. El entusiasmo, sin embargo, se difuminó cuando me fueron ganando unas intensas punzadas en la muñeca de la mano derecha. Dejé los libros de lado, observando como mi mano poco a poco iba alcanzando otras dimensiones. Accidente de trabajo, me dije, y me fui directo al servicio médico. En efecto, la doctora no hizo más que confirmar que se trataba de un esguince. Una férula por quince días y será historia pasada, es lo que me dijo. Lu...
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