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Lo que somos

En la ciudad era conocida como Nilda. Bueno, decir en la ciudad es una exageración. Lo cierto es que ser puta aquí le brindaba otra categoría. Las mujeres –nuestras mujeres, estaba a punto de decir, pero yo no tengo ninguna- cada vez que pasaban junto a ella la saludaban y le preguntaban qué tal iba la jornada. Incluso una que otra se detenía a platicar con ella. ¿De qué hablan?, nos preguntábamos nosotros. Por supuesto, ninguno se atrevía a interrumpirlas y poco o nada es lo que se podía obtener después.
Los días pasaban de esta manera y a veces podíamos ver a alguna mujer encargando a su niña con Nilda, mientras éstas se iban a hacer las compras. Una que otra vez era Nilda quien pedía a estas niñas, las más grandes, que les dijeran a sus clientes que volvía pronto, que sólo se iba a los servicios. Las niñas lo repetían tal cual y nosotros dábamos una vuelta por las calles hasta que ella regresara. Un día encontré a mi madre dando el mismo recado a los otros. Qué iba yo a acercarme. Pero mi madre me vio y, de una espquina a otra, me gritó: “Hijo, que Nilda ya vuelve. Se fue con el panadero.” Efectivamente ella volvió al rato, le agradeció a mi madre y luego me atendió.
Yo le preguntaba a ella por todo esto, y ella sóolo me respondía: “Qué tonto son los hombres, ¿verdad?”
“Sí, muy tontos”, le confirmaba yo, mientras le quitaba las medias de naylon.

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