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Mímesis

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Los encontré practicando boxeo en el estacionamiento. Pocos metros antes de poder verlos, todavía caminando por la acera, podía oír los golpes y los resoplidos. Cuando llegué frente a ellos, no se detuvieron. Debí suponer que se encontraban concentrados en su deporte; su transpiración delataba que lo venían haciendo desde hacía buen rato. Sin embargo me incomodó que no se detuvieran o al menos me dijeran algo, un mínimo gesto de saludo. Nada. Por el contrario, me pareció notar en sus rostros un aire de molestia. No una molestia por sentirse observados, sino una que provenía de ser precisamente yo quien su único público. Traté de descubrir en sus miradas la complicidad para dejarme ajeno a su juego, o a su combate -lo mismo daba-. Pero no. Ellos no demostraban ninguna complicidad; más aún querían hacerse daño. La intensidad de los golpes fue en aumento; el esfuerzo, mayor. llegué a pensar, incluso, que veían mi rostro en el adversario; mis facciones repetidas en ambos y las cuales debían destruir. Esto sólo me lo imaginaba, claro. Yo no me atrevía a creer, debiera decir aceptar, que cada golpe sobre el mentón, en el plexo, o sobre cualquier otro punto donde aterrizara el puño, me causaba un vivo dolor. Otros golpes fueron como si me despertaran de un sueño, pero duraba muy poco, pues inmediatamente el dolor sobrevenía. Sentí, además, el sabor de la sangre en una boca que ya dejaba de ser mía y que intentaba finalmente decir basta. Pero el último ruido fue el último golpe.

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