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Mostrando las entradas de junio, 2014

Largo en boca

Vivir en Burdeos me ha enseñado muchas cosas. De algunas de ellas seguramente no tengo aún una idea clara de lo que se trata, ni su aplicabilidad, pero sabemos que así es el aprendizaje. Por ejemplo, una expresión aprendida y que tengo en la cabeza últimamente es "largo en boca". Esta suele ser empleada por los conocedores del vino -aquí todos son conocedores del vino- para referirse a la permanencia de sabores en la cavidad bucal, aromatizándola luego de ingerir un generoso sorbo de vino. Lo mismo experimento, debo confesar, luego de pronunciar determinadas palabras. Hay algunas que son rasposas, astringentes, a gusto de barrica vieja. Hay otras más afrutadas, ligeras, o que se volatizan más rápidamente, pero cuyo recuerdo puede ser aún más prolongado en nosotros. No hace mucho titulé un texto mío "Carnets". El primer comentario que recibí fue que la Real Academia de la Lengua había fijado como norma el uso de la palabra "carné". Por lo que, según es...

Las ruinas invadidas

Las últimas semanas me levanto más temprano, con una mayor frecuencia de la habitual, para ir a uno de mis trabajos. Suelo ir en tranvía y bajarme en la parada Doyen Brus. Esto ya forma parte de los linderos de Burdeos. Bueno, desde el centro, en veinte minutos y en cualquier dirección, ya estamos a las afueras de Burdeos. Desde esa parada tomo una avenida ancha y camino unos cinco minutos. Esos cinco minutos me encantan. Me alegran el resto del día. En realidad, si soy más específico, ni siquiera son esos cinco minutos de trayecto los que me animan. Se trata de sólo unos segundos, que son los que utilizo para pasar delante de lo que fue una casa. De ella sólo queda la fachada. Es muy pequeña, seguro fue una casa muy humilde de un campesino de la zona. Se trata de un rectángulo blanco con una puerta y ventana hechas con listones de madera, también pintadas de blanco, y un alero –o lo que fue un alero- que solo sirve para proyectar sombras sobre la fachada. Detrás: vegetación. Todo lo ...

Las sacras bayaderas imposibles

César Vallejo, en una de sus crónicas publicadas en Trujillo, relata su visita al poeta José María Eguren. La entrevista debió realizarse en los primeros meses de 1918. Vallejo no había publicado Los Heraldos negros y Eguren ya respiraba el reconocimiento que se le hacía tardío. La cita de este encuentro fue en la casa de Eguren, en Barranco. Por lo descrito, al parecer les costaba a ambos ocultar el entusiasmo por ser entrevistador y entrevistado. Pero Vallejo no fue a verlo solo como periodista. Fue como un poeta en busca de lecciones del maestro. Y esto, claro, halagaba a Eguren. Vallejo se acercaba a los 26 y Eguren a los 44 –aunque el cronista afirme que el poeta tenía, el día del encuentro, 36 años-. En realidad, el renombre de José María Eguren era relativamente reciente. El poeta no lo tuvo nada fácil. Le cuenta a Vallejo: “Al iniciarme, amigos de alguna autoridad en estas cosas me desalentaban siempre. Y yo, como usted comprende, al fin empezaba a creer que me estaba equivoca...

Onetti el Aguador

Con la aparición de la revista Marcha , en Montevideo, Juan Carlos Onetti inició una serie de colaboraciones literarias. Sus primeros textos publicados fueron firmados bajo el seudónimo de Periquito el Aguador y con este nombre insistió sobre todo, entre 1939 y 1941, en dar un remezón a lo que él consideraba una literatura uruguaya tullida, casi inexistente. Su ironía fue tremenda y no dejaba de reclamar una escritura moderna, que diera cuenta de los cambios sensibles en la vida urbana de Montevideo. En una de sus primeras colaboraciones, titulada “Retórica literaria” (28/08/1939), Onetti recuerda una anécdota que él mismo califica de apariencia banal. Nos cuenta que cuando el escritor André Maurois fue admitido en la Academia Francesa un año antes, un periodista le preguntó por el secreto de su éxito. A lo que Maurois respondió: “Muy simple. Yo he durado”. Onetti se concentra a continuación en la palabra durar . Para él, el sentido que Maurois pretendió dar a su respuesta va más ha...

Línea de tranvía

Hace unos días mi hija Andrea y yo fuimos a la biblioteca del barrio a devolver unos libros. Pudimos haber ido en bicicleta, como nos gusta, pero decidimos tomar el tranvía. Quizás hacía algo de viento, no recuerdo bien. Sí, corría mucho viento. Lo afirmo no porque lo recuerde de pronto, sino porque es lo único que justifica la presencia del polen de primavera en nuestros ojos y gargantas. Para nosotros y nuestras alergias esto no se puede pasar por alto. Llegamos a la estación Peixotto y descendimos del tranvía. Aquí suele haber algo de alboroto puesto que es una zona de liceos y universidades. Solo dimos unos pasos cuando me hija me tomó del brazo con una clara señal para que camináramos más despacio. A pocos pasos de nosotros había dos muchachos de unos quince o dieciséis años. Al principio no los vi bien, porque aún había gente, todos jóvenes, que venía en sentido contrario a nosotros. Creí que mi hija conocía a estos muchachos y que los quería saludar, o simplemente evitarlos. Lue...