Estamos viviendo cosas absurdas, sin sentido. Y es en serio cuando me pregunto cómo diablos puedo ponerme a hablar o escribir de la última novela que leí sin sentirme un idiota. ¿Es que acaso existe un tiempo determinado en el que oímos o vemos nuestra cuota de tragedia mundial y luego cambiamos de canal, leemos otro blog y mañana pasamos a otra cosa? Lo lamentable es que parece ser cierto. Inevitablemente pasaremos, o nos obligarán a pasar, a otra cosa. Lo lamentable también es que hasta las quejas se mediatizan, se reprocesan y se banalizan. No terminas de colocar el punto final a tu reclamo y ya las risas resuenan detrás de tu oído. Quizás hasta tu propia risa.
En un terrible afán, propio de estos tiempos, muchos escritores de microficción se suman a la competencia (no a la de ser competentes , sino más próximos a los caballos en los hipódromos). El objetivo: quién escribe el microrrelato más corto (se entiende que ingenioso, bueno, perfecto, la suma y resta de todos los escritos anteriormente). Competencia y meta absurdas, sin lugar a dudas. Debería de quedarnos bien en claro que nadie puede ser más pequeño que el dinosaurio ni más grande que Monterroso.
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