Estamos viviendo cosas absurdas, sin sentido. Y es en serio cuando me pregunto cómo diablos puedo ponerme a hablar o escribir de la última novela que leí sin sentirme un idiota. ¿Es que acaso existe un tiempo determinado en el que oímos o vemos nuestra cuota de tragedia mundial y luego cambiamos de canal, leemos otro blog y mañana pasamos a otra cosa? Lo lamentable es que parece ser cierto. Inevitablemente pasaremos, o nos obligarán a pasar, a otra cosa. Lo lamentable también es que hasta las quejas se mediatizan, se reprocesan y se banalizan. No terminas de colocar el punto final a tu reclamo y ya las risas resuenan detrás de tu oído. Quizás hasta tu propia risa.
Hace un par de horas que desistí continuar con el paseo por el centro de la ciudad de Reims. Si bien el frío no era extremo -estábamos sobre 5 grados-, al cabo de un momento de andar por las calles me empezó un fuerte dolor de oídos. Por fortuna se trata de una ciudad pequeña y el recorrido lo hice relativamente rápido, a pesar incluso de detenerme a contemplar un viejísimo tiovivo veneciano que persistía en dar giros aunque no hubiera un solo niño sobre sus animales rodeados en un escenario de cartón piedra. Tratando de huir del viento helado volví a entrar en la Catedral. La había visitado la noche anterior con unos amigos, pero esta vez creí que sería el mejor lugar para recalentar mis oídos. Por supuesto, también quería volver a ver las esculturas de San Nicasio. Este mártir cristiano había sido decapitado por los bárbaros. La leyenda dice que se desplazó con su cabeza entre las manos para ir al lugar donde yacería su cuerpo. De esta manera este San N...
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