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El derecho a ser olímpico

Yo debí ir a los Juegos Olímpicos, al menos a la de Los Angeles, en 1984. Es lo que me repetía de niño y de adolescente. ¿En qué disciplina? Natación. Nadaba terriblemente y jamás pude hacer el giro de regreso sin tragar agua, lo que hacía que me llevara siempre parte de la piscina en mi vientre. Pero igual: debí ir a los Juegos Olímpicos. Como muchos, soñaba que a último minuto me llamaban por teléfono y me recogían en helicóptero para llevarme directamente a la piscina olímpica para batir algún récord y volver a casa con todas las medallas de oro posibles. Bueno, lo mismo soñaba con los partidos de fútbol del equipo peruano en los campeonatos mundiales, pero, como sabemos, ese sueño terminó en 1982. De allí que me concentrara en la natación.
Claro, para estas cosas, un guía, un héroe, siempre es necesario. Y no tuve que pensarlo mucho. Lo había tenido frente a la pantalla desde siempre. Me refiero a Jonnhy Weissmuller, al Tarzán más popular de la historia. Luego verlo en su papel de Jim de la selva, no hizo más que corroborar mi admiración. Ya se imaginarán el placer que uno puede sentir cuando descubre que su héroe de ficción además ganó medallas de oro. Y Weissmuller lo hizo en dos Juegos Olímpicos consecutivos, en 1924 y 1928. Además, tenía una particularidad en su manera de nadar que me vino bien al principio: nadaba con la cabeza fuera del agua. Por supuesto, esta técnica fue abandonada rápidamente por los futuros nadadores de competencia. Y también tuvo que ser abandonada por mí luego de que mi profesor de natación me lanzará una tabla de tecnoport en la cabeza, obligándome a seguir bebiendo algunos hectolitros del agua de la piscina. Pero Jhonny, Tarzán, Jim, seguiría siempre con la cabeza afuera en sus películas. Y eso es lo que contaba. Como también contó que su empeño como nadador lo llevará, en sus inicios, cuando ni siquiera alcanzaba los veinte años, para poder participar en los Juegos Olímpicos del 24, a mentir respecto a su nacionalidad.
Él había nacido en un pueblo que formaba parte del antiguo Imperio Austrohúngaro y, muy suelto de huesos, utilizó algunos datos de su hermano menor, quien sí había nacido en suelo estadounidense y, por otro lado, porque ambos llevaban también el nombre de su padre: Peter. Sólo de esta manera, larguirucho, con un corte de pelo espantoso de los años veinte, y unas cejas superpobladas que sin duda fueron la envidia posterior de todos los monos, Peter, Jhonny, Tarzán o Jim, se lanzó a la piscina y sorprendió a todos con su estilo en nado crawl y su gran velocidad. Mérito que le valió no haber perdido nunca una competencia. Dicen que esa perseverancia proviene de cuando niño, en los tiempos en que su padre lo llamaba Johann o Janos, en épocas en las que intentaba desesperadamente no sucumbir a la poliomelitis. Y por esa razón tuvo muchos seguidores, como el niño Johnny Sheffield, siempre enfermizo en sus primeros años, pero con el entusiasmo necesario para llegar a ser seleccionado por el propio Johann, Janos, Johnny, Tarzán, Jim, para el papel de Boy, su hijo. Entonces, que yo nadara mal, tragara agua, que no aprendiera a dar el giro ése, no quería decir nada. Ir a las olimpiadas sólo dependía de que ese helicóptero se animara bajar.
(publicado en El Comercio, Deporte total, 24 de enero de 2009)

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