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Las maravillas

Acabo de cruzarme en la calle Porte Dijeaux con un par de ancianas, diría yo cercanas a los ochenta años, tomadas del brazo y vestidas como niñas. Ambas tenían cabellera larga en unas primorosas y bien enlazadas trenzas que caían a cada lado de sus mejillas. El color de sus cabellos era del gris cenizo en una y de un rubio decolorado la otra. Llevaban zapatos bajos de charol, blancos, y unas medias rosadas hasta la rodilla. Una, la del cabello cenizo, llevaba una falda plisada de color fucsia, mientras que su compañera portaba una falda campana, verde. Sus blusas eran verde limón y de cuello circular. No estaban maquilladas. La verdad, no pude evitar seguirlas. No es algo que vea todos los días. Aunque esta mañana ya había algunas cosas fuera de lo común. Como la de un joven ciego que al parecer necesitaba ayuda. Cuando me aproxime a unos cuantos metros, ya estaban muy cerca de él dos policías y una mujer. Hasta aquí nada de extraordinario. Salvo que lo volvía a ver tres horas después, en otro barrio, cerca del Marché de Capucins, gritando en español: “Hay alguien que hable español y me pueda ayudar? Que pese en sus conciencias si es que me llega a suceder algo.” Por su acento, era claro que venía de España. Luego lo repitió todo en francés. Cuando me iba a acercar a él, de pronto cruzó la calle, gritando: “Si un coche me arrolla, será culpa de ustedes.” Su voz era la de un demente. Pero lo que el ciego desquiciado no sabía era que esas calles estaban bloqueadas debido a obras de verano y sólo circulaban por allí una que otra bicicleta. “Que me voy a matar y ustedes verán mi cuerpo en el suelo”, seguía gritando en español y francés. Nuevamente atravesó la calle. Como es lógico, en lugar de atraer a posibles colaboradores, espantó a medio mundo. Yo no sabía qué hacer. Al menos me tranquilizaba saber que no iba a ser atropellado. Iba y venía de esquina a esquina, hasta que se detuvo y puso cara de estar atento a los ruidos. Creo que empezó a sospechar que por ahí no circulaban carros. “Que sois unos hijos de puta”, dijo y se fue en dirección a la plaza Saint Michel.
Por esa razón no podía quedarme con la curiosidad de estas ancianas-niñas o viceversa. Ellas iban muy juntas, cuchicheaban y miraban las calles. Tenían aire de estar extraviadas. Se ve muchos así en agosto. La cantidad de turistas es enorme. Pero ellas no tenían mapas, mochilas, bolsos, nada. Iban juntas pero no se decidían a dónde. Eran muy menudas y costaba seguirlas entre tanta gente. Luego doblaron por la calle Vital Carles y yo pensé que se dirigirían a la Catedral, pero no. Se detuvieron, cuchichearon algo y dieron media vuelta. Como yo no me esperaba este cambio de dirección tuve que seguir de largo. Ellas pasaron a mi lado y ni siquiera se fijaron en mí. Como hablaban en voz muy baja, al pasar sólo pude darme cuenta de que eran francesas y que una de ellas dijo: “On ne va jamais y arriver”. Volvieron a la calle Porte Dijeaux y doblaron a la izquierda. Yo no sabía cuándo detenerme. Yo dudaba tanto como ellas. No sé a dónde, pero yo tampoco voy a llegar, me dije. Al momento llegó un mensaje a mi teléfono, al que respondí de inmediato. Al buscarlas de nuevo, noté que habían avanzado unos buenos metros. De pronto se soltaron de los brazos y se despidieron con un par de besos. Cada una tomó un camino diferente. Una por una calle principal y la otra por calle que va en curva, muy angosta. Obviamente, no me decidí a seguir a alguna en especial. Di media vuelta, hacia mi casa, pero antes me pareció la voz del ciego español: “Que sois unos hijos de puta”.

Comentarios

Cheryl dijo…
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