Cuando
mi primera novela, Que la tierra te sea leve, estaba en pleno proceso de edición,
me encontré en Burdeos con uno de sus personajes. Saliendo de la biblioteca de
letras de la Universidad Michel Montaigne vi a Christophe. A él, al personaje
real, lo había conocido a principios de los años noventa en las sabatinas
reuniones del grupo Centeno. Doce años después lo volví a ver, por casualidad,
durante un congreso literario. El estaba entre el público y, cuando me acerqué
y me presenté, Christophe no me reconoció y me dijo que ni siquiera hablaba
español. La razón de ello, me explicaron luego, era que él había sufrido un
accidente automovilístico y que, como consecuencia de ello, había perdido la
memoria. Ese día fuimos a cenar y me contó todo lo que le sucedió antes y
después del accidente. Me habló de su mujer, de sus dos hijas, del problema de
no haber reconocer a estas niñas. Luego de esa noche, creí que no lo volvería a
ver más. Había perdido su tarjeta, pero en mí quedaba su historia. Pasados
varios años incluí y ficcionalicé todo este encuentro en un capítulo de mi
novela. Lo de ficcionalizar es muy relativo, puesto que casi no alteré en nada
lo sucedido. En ese momento me dije que nadie me reclamaría nada. Lo que no
preví fue ese encuentro a la salida de la biblioteca en Burdeos. Obviamente le
conté que había escrito una novela y que él aparecía en ella. No había
posibilidad de cambiar nada, pues el libro estaba siendo publicado en
Barcelona. Es más, le dije, debo ir a esa ciudad para ver las pruebas finales. Christophe,
mucho más expansivo que antes, me ofreció llevarme en su carro. Justamente había
tomado sus vacaciones y él, su esposa y sus hijas iban para Barcelona. Fui así
como conocí al resto de mis personajes de ficción. Christophe conducía, su
mujer iba de copiloto, y yo iba atrás con las niñas. Se parecían mucho a como
me las había imaginado.
Durante
varios años nos frecuentamos. No tanto como era de esperarse, o como creo que
él esperaba. Supe por él mismo que se divorciaría y que se iría a París. Después
del accidente algo no había terminado soldarse. También me dijo que había
decidido volver a escribir con la mano izquierda, que siempre fue zurdo, pero
que lo habían obligado a escribir con la derecha. Ahora empezaban cambios en su
vida y quería hacerlo con la mano izquierda.
No lo
he vuelto a ver, pero recuerdo que me contó también que escribiría una novela apartir
de las cartas que su abuelo le escribía a su esposa durante la Segunda Guerra
Mundial. Christophe las reescribía para recuperar la memoria. No su memoria,
sino una memoria familiar. La que seguramente escribirá, o lo estará haciendo,
con la mano izquierda.
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