Si se da una mirada a los medios de comunicación de mucha o relativa resonancia en el medio hispanoamericano, entiéndase revistas, suplementos, blogs que forman parte de esas revistas o diarios, etc., vemos que, en lo que a literatura se refiere, no hay ninguna polémica entre los escritores menores de cincuenta años. Preciso: sí las hay, si se trata de enfrentamientos entre escritores del mismo paîs. Se me viene a la mente la ocurrida en Argentina entre Damian Tabarovsky y Guillermo Martínez –que en realidad involucra a muchos más-, o a la reciente a propósito de una crónica de Patricio Pron. Podría mencionar el caso peruano y su mentada polémica entre “criollos” y “andinos” (no recuerdo quién dijo que detestaba el uso de estas comillas –que se joda-), pero escapa de mi marco generacional, ya que la mayoría de quienes combatían ya lo venían haciendo de toda la vida. En realidad yo me refiero a la ausencia de debates entre escritores de distintas nacionalidades. Ojo que no pido peleas e insultos entre los escritores. Así no llegamos a ninguna parte. Hablo de ideas; lo cual supone que uno no rompe amistad, si la tuviera, con quien polemiza. Si todos pueden ser, y son, amigos, genial. Pero no deja de llamarme la atención que sólo haya amistad. ¿Acaso este siglo XXI nos ha llenado de bondad? ¿Será que la vieja canción de Roberto Carlos, que curiosamente escuchábamos de pequeños, al fin se hizo carne? No se puede negar que todo esto es muy sospechoso. Si tentamos algunas respuestas, quizás podamos decir que hemos llegado a tal grado de individualismo, que éste nos permite avivar amistades (y amores), pero no confrontar ideas más allá de nuestras fronteras. Es decir, muy en el fondo probablemente no nos interesa gran cosa qué pasa fuera de nuestra casa, de nosotros mismos. Conocer al vecino, saludarlo a diario, no nos hace verdaderos amigos. Sin ir muy lejos, echen una mirada a su lista de “amigos” en facebook. Lo otro es que tengamos muy en claro las ideas sobre la literatura y América latina, y estemos todos de acuerdo, pero no creo que sea el caso. También puede ser que nadie quiera polemizar porque simplemente no hay ninguna idea o propuesta sostenible que valga la pena poner en debate. Pero tampoco creo que esta alternativa sea la respuesta. Por último, hasta que contemple otras posibilidades, puede ser que los debates ya no estén en estos grandes medios de comunicación, que se han diluido en charlas de café, en bares, en aulas universitarias, en correos privados, etc. Alguien podría afirmar que el espacio ahora para estos menesteres son los blogs de anónimos y también de conocidos. Puede ser, pero me parece que de ese modo, como disparos de distintas trincheras, nos puede hacer perder de vista a quiénes y por qué debaten. Para eso, me quedo con mi millón de amigos.
En un terrible afán, propio de estos tiempos, muchos escritores de microficción se suman a la competencia (no a la de ser competentes , sino más próximos a los caballos en los hipódromos). El objetivo: quién escribe el microrrelato más corto (se entiende que ingenioso, bueno, perfecto, la suma y resta de todos los escritos anteriormente). Competencia y meta absurdas, sin lugar a dudas. Debería de quedarnos bien en claro que nadie puede ser más pequeño que el dinosaurio ni más grande que Monterroso.
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