Despertó sobresaltado a mitad de la noche, todavía arrastrando en su memoria la imagen monstruosa que había poblado su sueño. Recordaba a un hombre con cabeza de gato (o un gato con cuerpo de hombre) listo a atacarlo. Sacudió la cabeza para espantar esta imagen y enseguida volvió a acomodarse en su canastilla, ronroneando solo para estar seguro de quién era y no hacer caso a los ojos que lo escrutaban a través de la oscuridad.
En un terrible afán, propio de estos tiempos, muchos escritores de microficción se suman a la competencia (no a la de ser competentes , sino más próximos a los caballos en los hipódromos). El objetivo: quién escribe el microrrelato más corto (se entiende que ingenioso, bueno, perfecto, la suma y resta de todos los escritos anteriormente). Competencia y meta absurdas, sin lugar a dudas. Debería de quedarnos bien en claro que nadie puede ser más pequeño que el dinosaurio ni más grande que Monterroso.
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