Hace pocos días estuve en la ciudad de Santiago para, entre otras cosas, ser uno de los presentadores de Selección Chilena 2000-2016 (Estruendomudo, 2016), la cual fue preparada por Sergio Parra y Aldo Perán. Puesto que me tocó a mí labor semejante con Selección Peruana 2000-2015 (Estruendomudo, 2015), era lógico que estudie las jugadas del equipo chileno. Lo primero fue poner atención en los directores técnicos. Obviamente, que se no se trate de narradores o académicos o críticos, sino de libreros, deja ya una clara huella de lo por venir en el libro. Parra lleva la histórica librería Metales pesados y Perán fue uno de sus colaboradores durante unos años (ahora está del lado editorial, que no es poco y ayuda). Ambos, tal como lo proponen en su texto introductorio, imponen ante todo sus gustos, los de ellos y el gusto de los lectores que transitan por la librería. Criterio válido, sin duda. Pero lo que me agrada aún más es la osadía de salirse de las reglas de juego. No hay 11, hay 13 escritores. No hay solo cuento: hay crónicas, hay ensayo, hay incluso una novela corta. La prosa chilena, inferimos, es más que ficción.
Lo que me queda claro también con este libro es que sus
autores poseen un registro ya definido. Más allá de que hayan alcanzado obras
mayores –que ése sería otro tema-, absolutamente todos tienen una amplia
trayectoria, incluyendo premios nacionales e internacionales y varios ya
cuentan asimismo con traducciones. Esto, sin embargo, no le resta riesgo a la
propuesta Parra-Perán. Es como si nos dijeran: “ahora léelos de esta modo,
cachai”.
Veamos la jugada propuesta a la que me refiero. Es obvio
decir que encuentro una pluralidad de voces y estilos. Lo que me interesa es
destacar los puntos en común. ¿Por qué?, porque creo que no hay que tenerle
miedo parecerse al otro. Descubro, por ejemplo, a nivel del lenguaje, un fraseo
directo, de oraciones cortas, un interés mínimo por la adjetivación. Como las
excepciones son pertinentes, el único que se escapa es Matías Celedón. Su prosa
es minimalista, pero busca dejarnos con imágenes, no necesariamente con ideas o
acciones –que las tiene-, cuya atmósfera construye un tramado complejo. Me
pregunto la razón por el tipo de prosa de los otros y, veo por sus biografías,
que muchos de ellos trabajan o han trabajado como guionistas. Es obvio que este
oficio, para bien o para mal, deja una marca de agua en el lenguaje del autor. Privilegio
de diálogos, buen oído para los giros lingüísticos, descripciones que suenan a
pautas de guion. Muchos de estos textos bien podrían ser, al menos, un cortometraje.
Otros autores trabajan como cronistas en diarios locales y extranjeros. La
concisión, por tanto, también les viene de modo natural. Ahora bien, este rasgo
en la prosa le ha permitido a cada uno de ellos liberarse de las presiones de
los géneros. Se percibe que se han nutrido de la buena literatura, como también
de series de tv, de telenovelas, de comics, en fin, de todo tipo de registro
audiovisual que luego es encauzada hacia la palabra.
La prosa de Diego Zuñiga, digamos, podría parecernos que
estuviera al servicio del resumen de una historia y no ser la historia misma,
pero es una estrategia en la que hay una aparente síntesis, un intento de ser
objetivos. Lo mismo podría decir del texto de Alvaro Bisama, que parece incluso
que no quisiera contarla, que hay cosas que no se quieren contar. Pero están
allí: las historias y las palabras, o más exactamente: la espalda de las
palabras, como diría Roberto Juarroz. Otro narrador que se mueve muy bien en
esas aguas es Alejandro Zambra.
En este equipo tampoco se escapan las narrativas del yo.
Puedo mencionar a Germán Carrasco, Rafael Gumucio, Nona Fernández o Juan Pablo
Roncone. No obstante este “yo” es un subterfugio. Lo que se pone en evidencia
es la colectividad, Chile en su pasado reciente y su presente. La
post-dictadura y la política neoliberal. Desde la ironía, la parodia o la
nostalgia vemos un interés por saber plantear bien la pregunta sobre lo que
pasó y pasa con lo que nos rodea. Por qué están los que están y desaparecen
quienes desaparecieron. En literatura nada es tautológico. Aunque no es el
menor, Iván Monalisa Ojeda sólo tiene publicado un libro de cuentos. Es
transgénero y vive en Estados Unidos. Su narrativa es autorreferencial y se
concentra en la marginalidad, tanto sexual como social, a través de un lenguaje
coloquial, incrustaciones del spanglish. La impronta de Pedro Lemebel es
indudable.
De la ironía también podemos llegar al humor, a las
historias desaforadas, como las que leemos en Alejandra Costamagna, Pablo Toro
o el desopilante texto de Simón Soto. Es obvio que son más que eso, más que
humor. En Costamagna la obsesión de su protagonista nos pone los pelos de
punta. En los dos últimos el referente televisivo sirve de telón de fondo para
hurgar en las zonas más corrosivas del ser humano. Aunque se trate de un ensayo
–pero que en esta selección chilena podría leerse de mil maneras más- el texto
de Lina Maruane hace un agudo cuestionamiento de la presencia de los hijos en
el siglo XXI.
No voy a negar que me hubiera gustado ver también los
nombres de Patricio Jara, Mike Wilson, Andrea Jeftanovich o Leonardo Sanhueza.
Pero así es el fútbol. Estos escritores nacieron a fines de la dictadura y se
formaron en la reconstrucción de la democracia. Sus preguntas son las preguntas
que pudieron haberse hecho sus padres, pero en aquellos años no sonaban igual.
Ahora, como dije arriba, pueden inclusive mostrarnos la espalda de las
palabras.

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