Desde mi regreso definitivo a
Lima, una de las preguntas frecuentes es cómo me siento, cómo veo Lima. Estar
diez años fuera de su país no es poca cosa. Sobre todo cuando este país ha
sufrido muchos cambios durante ese tiempo. Si bien había vuelto con cierta
regularidad, no es lo mismo la mirada del visitante que la del residente. No
exagero si digo que mi retorno se parece al del clásico personaje del cuento
del narrador Washington Irving: Rip Van Winkle. Esa historia la tuve siempre
bien integrada en mi memoria, no sólo por el cuento mismo, que lo leí siendo
adolescente, sino por las versiones animadas en Pedro Picapiedra y Mister
Magoo. Estas versiones las vi en blanco y negro, desparramado en el mueble, en
el minúsculo y maravilloso departamento familiar del jirón Ancash. Rip Van
Winkle, afincado en las alturas de los montes Kaatskill, era apreciado por los
suyos en el pueblo. Sin embargo, a pesar de que hacía lo que le gustaba: cazar,
caminar, contemplar los rayos azules en la amplitud de los paisajes, ayudar a
los demás, etc., era considerado como alguien que no hacía cosas provechosas.
Los escritores no andamos muy lejos de esta apreciación. Conocida es la
historia de este personaje que, en uno de sus paseos y atraído por la
curiosidad, bebió de un licor ofrecido por unos extraños y mágicos habitantes
del bosque. Sabido también es que se durmió veinte años. Una vez despierto
volvió a casa. Mejor dicho, trató de volver a casa. Como yo. El camino le era
familiar, pero descubría muchos cambios. Lima ahora me parece un dominó
gigante, con hileras de edificios altísimos a la espera de que un coloso en
alguno de sus extremos dé un ligero golpe con unos de sus dedos y todo se venga
abajo. Rip Van Winkle llegó a su pueblo y no lo reconocieron. Llevaba una barba
larga, canosa. Mi barba no fue así de larga ni ceniza, pero los que me veían
ahora no sabía exactamente ante quien estaban. Yo tampoco. En un momento de
desesperación nuestro personaje, acosado por los habitantes de lo que alguna
vez fue su ciudad natal, gritó: Yo soy Rip Van Winkle!!!! De pronto un anciano,
uno de los notables del lugar, lo reconoció. Poco a poco los demás fueron
otorgándole identidad a sus gestos, a sus movimientos. Hubo aceptación de este
hijo pródigo.
Yo camino por las calles de Lima
y creo reconocer a todos. Veo jóvenes y pienso que han sido alumnos míos. Pero
no, no son ellos. Podrían ser hermanos menores y en algunos casos hasta hijos.
Varios de mis viejos amigos son ahora más viejos que amigos. Yo me he afeitado
la barba, salgo a caminar, contemplo los rayos de este sol que no suele ser el
sol de Lima. No sé si hago cosas provechosas para los otros. Sólo sé que he
encontrado nuevamente lo más cercano a la felicidad, aunque a veces me provoca
apoyar el dedo en los edificios nuevos, sólo para saber qué pasa.
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